*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 78521 *** NOTA DE TRANSCRIPCIÓN * Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS. * Los errores de imprenta han sido corregidos. * La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española. * La puntuación también ha sufrido ligeros retoques para su modernización. COLECCIÓN UNIVERSAL Próspero Merimée DOBLE ERROR MCMXIX ES PROPIEDAD Copyright by Calpe, 1919. Papel fabricado especialmente por LA PAPELERA ESPAÑOLA. COLECCIÓN UNIVERSAL PRÓSPERO MERIMÉE Doble error NOVELA La traducción del francés ha sido hecha por D. Ángel Sánchez Rivero. [Ilustración] MADRID-BARCELONA MCMXIX «Tipográfica Renovación» (C. A.), Larra, 8.—MADRID MERIMÉE _Próspero Merimée (1803-1870) nace en París, muere en Cannes; desempeña algunos cargos administrativos, y en un viaje por España contrae estrecha amistad con la condesa de Montijo y con su hija Eugenia, años después Emperatriz de los Franceses. Esta amistad le hace compartir la vida íntima de la corte durante el Segundo Imperio y le lleva al Senado._ _Para el público español la personalidad de Merimée va principalmente unida al recuerdo de _Carmen_, una de las más resonantes interpretaciones de nuestro ambiente. Con esta linda novelita, son título a la gloria de Merimée la _Crónica del reinado de Carlos IX, Colomba, Tamango, Matteo Falcone, La Venus de Ille_ y otras varias, breves y delicadas._ _Merimée pertenece a la casta de los artistas refinados, enemigos de la prodigalidad y la exuberancia. Su forma es precisa y apretada; su construcción firme y lógica. Dibuja un carácter con un rasgo ligero. Huye de las frases excesivas. Su tono es el de un hombre de mundo que cuenta las mayores atrocidades sin cambiar de acento, con un espíritu de mordacidad velada y de escepticismo desilusionado._ Doble error (La double méprise), _publicada en 1833, presenta en breve espacio estas características del delicado talento de Merimée: la ironía mundana y pesimista, la sobriedad elegante, la trabazón arquitectónica y el fácil y penetrante dibujo de los caracteres._ DOBLE ERROR I Julia de Chaverny llevaba unos seis años de casada y desde hacía próximamente cinco o seis meses había reconocido, no solo la imposibilidad de amar a su marido, sino también la dificultad de tenerle en alguna estimación. Y no es que este marido fuese mala persona ni tonto ni bobo. Acaso, sin embargo, había en él algo de todo esto. Consultando su memoria, hubiera ella podido recordar que en otro tiempo le había parecido amable; pero ahora le aburría. Todo en él le resultaba antipático. Su manera de comer, de tomar el café, de hablar, le crispaba los nervios. No se veían, ni se hablaban, más que en la mesa; pero comían juntos varias veces por semana, y era lo bastante para alimentar la aversión de Julia. En cuanto a Chaverny, era un hombre bastante buen mozo, quizá demasiado grueso para su edad, de tez fresca, sanguínea, refractario por temperamento a esas vagas inquietudes que atormentan a las gentes imaginativas. Creía piadosamente que su mujer sentía por él una dulce amistad (era demasiado filósofo para creerse amado como el primer día de matrimonio), y esta persuasión no le causaba ni placer ni pena; se hubiera acomodado igualmente a lo contrario. Había servido en un regimiento de Caballería; pero al heredar una fortuna considerable, se había cansado de la vida de guarnición y, presentada su dimisión, se había casado. Explicar el matrimonio de dos personas que no tenían una idea común puede parecer bastante difícil. Por una parte, los parientes y estos amigos oficiosos que, como Frosina, casarían la república de Venecia con el Gran Turco, se habían movido mucho para arreglar los asuntos de interés. Por otro lado, Chaverny pertenecía a una buena familia; no estaba entonces demasiado gordo; era alegre, y resultaba en toda la acepción de la palabra un «buen muchacho». Julia le veía venir con gusto a su casa, porque le hacía reír contándole historietas de su regimiento, de una comicidad que no era siempre de buen gusto. Le encontraba simpático, porque bailaba con ella en todos los bailes y no le faltaban nunca buenas razones para persuadir a su madre a que se quedase hasta una hora avanzada, a ir al teatro y al Bois de Boulogne. Por último, Julia le tenía por un héroe porque se había batido honrosamente en duelo dos o tres veces. Pero lo que redondeó el triunfo de Chaverny, fue la descripción de cierto coche que haría construir según un plan suyo y en el cual conduciría él mismo, a Julia cuando hubiese consentido en otorgarle su mano. Al cabo de algunos meses de matrimonio, todas las bellas cualidades de Chaverny habían perdido mucho de su mérito. No bailaba ya con su mujer; no hay que decirlo. Sus historietas alegres, las había referido todas tres o cuatro veces. Ahora decía que los bailes se prolongaban demasiado. Bostezaba en el teatro y consideraba una molestia insoportable el uso de ponerse de etiqueta por la noche. Su defecto capital era la pereza; si hubiese procurado agradar, acaso lo hubiera podido conseguir; pero todo esfuerzo le parecía insoportable; condición común a casi todas las gentes gordas. La sociedad le aburría, porque en ella solo le reciben a uno bien en la medida de los esfuerzos que se hacen por agradar. La alegría burda le parecía muy preferible a distracciones más delicadas; pues para distinguirse entre las personas de su gusto, solo necesitaba gritar más fuerte que los otros, cosa no difícil para él, con pulmones tan vigorosos como los suyos. Además, se vanagloriaba de beber más vino de Champaña que un hombre ordinario, y hacía perfectamente saltar a su caballo una valla de cuatro pies. Gozaba, por consiguiente, de una estimación legítimamente adquirida, entre esos seres difíciles de definir a quienes se llama los jóvenes, que abundan en nuestros bulevares hacia las cinco de la tarde. Partidas de caza, jiras campestres, carreras, comidas o cenas de solteros, eran buscadas por él con ahinco. Veinte veces al día declaraba que era el más feliz de los hombres; y siempre, al escucharle, levantaba Julia los ojos al cielo y su boquita tomaba una indecible expresión de desdén. Bella, joven y casada con un hombre que le disgustaba, concíbese que debía verse rodeada de homenajes muy interesados. Pero, además de la protección de su madre, mujer muy prudente, su orgullo, que era su defecto, la había defendido hasta entonces contra las seducciones del mundo. Por lo demás, el desengaño que había seguido a su matrimonio, dándole una especie de experiencia, había hecho difícil que se entusiasmase. Sentíase orgullosa de verse compadecida en sociedad, y citada como un modelo de resignación. Después de todo, se encontraba casi feliz; a nadie amaba, y su marido la dejaba en completa libertad. Su coquetería (es preciso confesarlo, le gustaba un poco probar que su marido no conocía el bien que poseía), su coquetería, completamente instintiva, como la de un niño, se conciliaba muy bien con cierta reserva desdeñosa que no era gazmoñería. En fin, sabía ser amable con todo el mundo; pero con todo el mundo igualmente. La maledicencia no podía reprocharle la menor cosa. II Los dos esposos habían comido en casa de la señora de Lussan, madre de Julia, que partía para Niza. Chaverny, que se aburría mortalmente en casa de su suegra, se había visto obligado a pasar allí la velada, a pesar de sus ganas de ir a reunirse con sus amigos en el bulevar. Después de comer se había arrellenado en un cómodo sofá, y había pasado dos horas sin decir una palabra. La razón era sencilla: dormía, con decoro desde luego, sentado, la cabeza inclinada a un lado como escuchando con interés la conversación, y hasta se despertaba de cuando en cuando y colocaba unas palabras. Después fue preciso sentarse en una mesa de _whist_, juego que detestaba porque exigía cierto cuidado. Todo esto se había prolongado hasta bastante tarde. Acababan de dar las once y media. Chaverny no tenía ningún compromiso para la noche: no sabía qué hacer. Mientras se hallaba en esta perplejidad, anunciaron su coche. Si volvía a su casa, tenía que llevar a su mujer. La perspectiva de encontrarse a solas con ella durante veinte minutos, era cosa que le espantaba; pero no tenía cigarros en el bolsillo, y sentía apremiantes deseos de empezar una caja recibida del Havre en el momento mismo en que salía para comer. Se resignó. Cuando envolvía a su mujer en el chal, no pudo menos de sonreír viéndose, en un espejo, cumplir así los deberes de un marido de ocho días. Consideró también a su mujer, a la cual apenas había mirado. Esta noche le pareció más bonita que de costumbre, y por ello tardó algún tiempo en ajustar el chal sobre sus hombros. A Julia le contrariaba, como a él, la perspectiva de quedarse a solas con su marido. Su boca hacía una pequeña mueca de disgusto, y sus cejas arqueadas se aproximaban involuntariamente. Todo esto daba a su fisonomía una expresión tan agradable, que ni un marido podía ser a ella insensible. Sus ojos se encontraron en el espejo durante la operación de que acabo de hablar. Ambos se sintieron turbados. Para salir del apuro, Chaverny besó sonriendo la mano de su mujer, al levantarla ella para arreglarse el chal. —¡Cómo se quieren! —dijo por lo bajo la señora de Lussan, que no advirtió el frío desdén de la mujer, ni el aire despreocupado del marido. Sentados ambos en el coche y tocándose casi, permanecieron primero algún tiempo sin hablar. Chaverny sentía que era conveniente decir algo, pero nada se le ocurría. Julia, por su parte, guardaba un silencio desesperante. Él bostezó dos o tres veces, y sintiéndose avergonzado, se creyó, la última vez, en la obligación de pedir perdón a su mujer. —La reunión ha sido larga —agregó para excusarse. Julia no vio en esta frase más que la intención de criticar las reuniones de su madre y de decirle alguna cosa desagradable. Desde hacía mucho tiempo había tomado la costumbre de evitar toda explicación con su marido; continuó, pues, guardando silencio. Chaverny, que a su pesar se sentía esta noche con ganas de hablar, prosiguió al cabo de dos minutos: —He comido hoy muy bien; pero tengo que decirte que el champagne de tu madre es demasiado dulce. —¿Cómo? —preguntó Julia volviendo hacia él la cabeza con mucho abandono y fingiendo no haber oído. —Decía que el champagne de tu madre es demasiado dulce. Se me ha pasado decírselo. Es asombroso, pero se cree que es fácil elegir el champagne. Y no hay nada más difícil. Hay veinte clases de champagne que son malas, y no hay más que una buena. —¡Ah! Y Julia, después de haber concedido esta interjección a la cortesía, volvió la cabeza y miró por la ventanilla de su lado. Chaverny se echó hacia atrás y puso los pies en el asiento delantero del coche, algo mortificado de que su mujer se mostrase tan insensible a todos sus esfuerzos por entablar conversación. Con todo, después de haber bostezado otras dos o tres veces, continuó acercándose a Julia. —Ese traje te sienta maravillosamente, Julia. ¿Dónde lo has comprado? —Quiere, sin duda, comprar otro igual a su querida —pensó Julia—. En casa de Burty —respondió sonriendo ligeramente. —¿Por qué te ríes? —respondió Chaverny, quitando sus pies del asiento y acercándose más. Al mismo tiempo cogió una manga del traje y se puso a tocarla un poco a la manera de Tartufo. —Me río —dijo Julia— de que te fijas en mi traje. Ten cuidado; me estás arrugando la manga. Y retiró su manga de la mano de Chaverny. —Te aseguro que me fijo mucho en tus trajes y que admiro mucho tu gusto. No, palabra de honor; el otro día hablaba a... una mujer que se viste siempre mal, aunque gasta disparatadamente. Va a arruinarse... Le decía... Hablaba de ti... Julia se divertía con su confusión y no procuraba atajarla interrumpiéndole. —Estos caballos son muy malos. No andan. Tendré que cambiarlos —dijo Chaverny completamente desconcertado. Durante el resto del camino, la conversación no se hizo más animada; por una y otra parte no se fue más allá de la réplica. Los dos esposos llegaron al fin a la calle ***, y se separaron deseándose buenas noches. Julia empezaba a desnudarse, y su doncella acababa de salir, no sé con qué motivo, cuando se abrió bastante bruscamente la puerta de su alcoba y entró Chaverny. Julia se apresuró a cubrirse los hombros. —Dispensa —dijo él—; quisiera, para dormirme, el último volumen de Scott... ¿No es Quintín Durward? —Debe de estar en tu cuarto —respondió Julia—; aquí no hay libros. Chaverny contemplaba a su mujer en ese semidesorden tan favorable a la belleza. La encontraba «incitante». —Es verdaderamente una mujer muy guapa —pensaba. Permanecía en pie, inmóvil, delante de ella, sin decir una palabra y con la palmatoria en la mano. Julia, también de pie frente a él, estrujaba su gorro de dormir y parecía esperar con impaciencia que la dejara sola. —¡Estás preciosa esta noche, te lo aseguro! —exclamó al fin Chaverny avanzando un poco y colocando la palmatoria—. ¡Cómo me gustan las mujeres con el pelo en desorden! Y hablando de esta suerte, cogió con una mano las largas trenzas que cubrían los hombros de Julia y casi le pasó tiernamente un brazo alrededor de la cintura. —¡Ay, Dios mío! ¡Hueles a tabaco de un modo horrible! —exclamó Julia volviéndose—. Deja mi pelo; vas a impregnarlo de ese olor y no podré quitármelo ya de encima. —Bah, dices eso por capricho y porque sabes que fumo algunas veces. No te hagas tanto de rogar, mujer. No pudo ella libertarse de sus brazos lo bastante de prisa, para evitar un beso que le dio en el hombro. Por fortuna para Julia, entró su doncella; pues nada hay tan odioso para una mujer como esas caricias, que es casi tan ridículo rechazar como aceptar. —María —dijo Julia—, el cuerpo de mi traje azul es demasiado largo. He visto hoy a la señora de Begy, que tiene siempre muy buen gusto; el cuerpo de su traje era seguramente dos dedos bien cumplidos más corto. Mire; haga en seguida un pliegue con alfileres para ver qué efecto hace. Entonces se entabló entre la doncella y la señora un diálogo de los más interesantes sobre las dimensiones precisas que debe tener un cuerpo. Julia sabía perfectamente que Chaverny nada odiaba tanto como oír hablar de modas y que iba a ponerlo en fuga. Y en efecto, después de cinco minutos de idas y venidas, Chaverny, viendo que Julia seguía absorta en su discusión, bostezó de un modo formidable, recogió su palmatoria y se marchó, esta vez para no volver. III El comandante Perrin se hallaba sentado delante de una mesita y leía con atención. Su levita, perfectamente cepillada, su gorro de cuartel, y sobre todo la rigidez inflexible de su pecho, anunciaban a un viejo militar. Todo estaba limpio en su cuarto, pero era de la mayor sencillez. Un tintero y dos plumas, ya cortadas, se hallaban sobre la mesa, al lado de un cuaderno de papel de cartas, del cual no había utilizado una hoja desde hacía un año, por lo menos. Si el comandante Perrin no escribía, en cambio leía mucho. Estaba leyendo las «Cartas Persas» y fumando su pipa de espuma de mar, y estas dos ocupaciones cautivaban de tal manera toda su atención, que no advirtió la entrada en su cuarto del comandante Châteaufort. Era un joven oficial de su regimiento, de simpática figura, muy amable, algo fatuo, muy protegido por el ministro de la Guerra; en una palabra, la antítesis del comandante Perrin. Con todo, eran amigos, no sé por qué, y se veían todos los días. Châteaufort dio un golpe sobre el hombro al comandante Perrin. Este volvió la cabeza sin abandonar su pipa. Su primera expresión fue de contento al ver a su amigo; la segunda de disgusto, ¡hombre admirable!, porque iba a interrumpir su lectura; la tercera indicaba que se sometía a las circunstancias y que iba a hacer lo mejor posible los honores de su habitación. Registraba su bolsillo buscando una llave que abría un armario donde guardaba una preciosa caja de cigarros, que el comandante no fumaba y que iba dando uno a uno a sus amigos; pero Châteaufort, que le había visto cien veces hacer el mismo ademán, exclamó: —¡No se moleste usted, papá Perrin, no saque usted sus cigarros: ya tengo! Y después, sacando de un elegante estuche de paja de Méjico un cigarro color de canela, bien afilado por sus dos extremos, lo encendió, se echó sobre un pequeño sofá que el comandante Perrin nunca utilizaba, y con la cabeza sobre una almohada y los pies sobre el respaldo opuesto. Châteaufort comenzó por envolverse en una nube de humo, mientras que, con los ojos cerrados, parecía meditar profundamente lo que tenía que decir. Su rostro estaba radiante de alegría, y parecía guardar con trabajo en su pecho el secreto de una dicha que ardía en deseos de dejar traslucir. El comandante Perrin, después de colocar una silla frente al sofá, fumó algún tiempo sin decir nada; después, viendo que Châteaufort no se apresuraba a hablar, le dijo: —¿Cómo sigue Urika? Se trataba de una yegua negra que Châteaufort había fatigado con exceso y que estaba amenazada de asma. —Muy bien —dijo Châteaufort, que no había escuchado la pregunta—. ¡Perrin! —exclamó, extendiendo hacia él la pierna que descansaba sobre el respaldo del sofá—, ¿sabe que es para usted una fortuna tenerme por amigo? El viejo comandante buscaba en sí mismo qué ventajas le había procurado la amistad de Châteaufort, y no encontraba otra cosa que el regalo de algunas libras de _Kanaster_, y algunos días de arresto sufrido por mezclarse en un duelo en que Châteaufort representó un papel principal. Su amigo le daba ciertamente numerosas señales de confianza. A él se dirigía siempre Châteaufort para que le sustituyese cuando estaba de servicio o cuando le era preciso un auxiliar. Châteaufort no le mantuvo mucho tiempo en su perplejidad y le tendió una cartita escrita en papel inglés satinado, con una linda escritura en letra menuda. El comandante Perrin hizo una mueca que, en él, equivalía a una sonrisa. Había visto con frecuencia cartas satinadas y cubiertas de letra menuda como esta, dirigidas a su amigo. —Tome usted —dijo este—, lea. A mi me debe usted esto. Perrin leyó lo que sigue: «Le agradeceríamos mucho, querido señor, que tuviera la amabilidad de venir a comer con nosotros. Mi marido hubiese ido a invitarle, pero se ha visto obligado a salir de caza. No conozco las señas del comandante Perrin y no le puedo escribir para suplicarle que venga con usted. Me ha inspirado usted muchos deseos de conocerlo y le estaré doblemente agradecida si viene con él. JULIA DE CHAVERNY. »P. S.—Muchas gracias por la música que se ha tomado usted el trabajo de copiar para mí. Es deliciosa, y tiene usted siempre un gusto admirable. Ha dejado usted de venir a nuestro jueves, y eso que sabe usted todo el gusto que tenemos en verle». —Una bonita escritura, y bien fina —dijo Perrin al acabar—. Pero, ¡vive Dios!, esa comida me revienta; será preciso ponerse medias de seda, y nada de fumar después de la comida. —¡Vaya una desgracia! ¡Preferir la mujer más bonita de París a una pipa! Lo que me asombra es la gratitud de usted. No me da las gracias de la felicidad que me debe. —¡Dar las gracias! No es a usted a quien debo agradecer esa comida, si es que hay que agradecerla. —¿A quién, pues? —A Chaverny, que ha sido capitán con nosotros. Habrá dicho a su mujer: Invita a Perrin, es un tipo curioso. ¿Cómo quiere usted que una mujer bonita, a quien no he visto más que una vez, piense en invitar a un viejo... como yo? Châteaufort sonrió mirándose en el espejo, muy estrecho, que decoraba la habitación del comandante. —No está usted hoy perspicaz, papá Perrin. Vuelva usted a leer esa carta y encontrará seguramente algo que no ha visto. El comandante dio vuelta a la carta por uno y otro lado y nada vio. —¡Cómo, viejo dragón! ¿No ve usted que ella le invita para complacerme, solo para probarme que le interesan mis amigos... que quiere darme la prueba... de...? —¿De qué? —interrumpió Perrin. —De... usted sabe bien de qué. —¿De que le ama? —preguntó el comandante con aire de duda. Châteaufort silbó sin responder. —¿Está, pues, enamorada de usted? Châteaufort continuaba silbando. —¿Se lo ha dicho ella a usted? —Pero... eso está claro, me parece. —¿Cómo?... ¿En esta carta? —Evidente. A su vez se puso Perrin a silbar. Su silbido fue tan significativo como el famoso «Lillibulero» de mi tío Toby. —¡Cómo! —exclamó Châteaufort arrancando la carta de manos de Perrin—, ¿no ve usted todo lo tierno que hay aquí, sí, lo tierno? ¿Qué tiene usted que decir a esto: «Querido señor»? Tenga usted en cuenta que en otra carta me escribía: «Señor mío», sencillamente. «Le seré doblemente agradecida»; esto es positivo. Y note usted que hay una palabra borrada después, «muchos»; ella quería poner «muchos afectos»; pero no se ha atrevido; «muchos recuerdos» no era bastante... No ha terminado la carta... ¡Oh, amigo mío! ¿Pretende usted acaso que una mujer de buena familia, la señora de Chaverny, vaya a echarse al cuello de un servidor, como una modistilla? Yo le digo a usted que la carta es deliciosa y que es preciso ser ciego para no ver la pasión en ella. Y las quejas del final, porque he faltado un solo jueves, ¿qué me dice usted? —¡Pobre mujer! —exclamó el comandante Perrin—; no te encapriches de este; ¡te arrepentirás pronto! Châteaufort no hizo caso de la prosopopeya de su amigo, y tomando un tono de voz bajo e insinuante: —¿Sabe usted, querido —dijo—, que puede prestarme un gran servicio? —¿Cómo? —Es preciso que me ayude usted en este negocio. Sé que su marido está muy mal con ella. Es un bestia, que la hace desdichada... Usted lo ha conocido, Perrin; dígale a su mujer que es un bruto, un hombre que tiene la peor reputación. —¡Oh! —Un libertino, usted lo sabe. Tenía queridas cuando estaba en el regimiento; y ¡qué queridas! Dígale todo esto a su mujer. —¡Oh! ¿Cómo decir eso? Entre el árbol y la corteza... —¡Dios mío! Hay modos de decirlo todo. Sobre todo hable bien de mí. —Eso ya es más fácil. Sin embargo... —No tan fácil, escuche; porque si yo le dejase a usted hablar, haría tal elogio que mis asuntos no resultarían favorecidos. Dígale que desde «hace algún tiempo» nota usted que estoy triste, que no hablo, que no como... —¡No es nada! —exclamó Perrin con una sonora carcajada que imprimía a su pipa los más ridículos movimientos—, nunca podré decirle eso en la cara a la señora de Chaverny. Todavía ayer por la noche, estuvo usted a punto de armar un escándalo en la comida que los compañeros nos han dado. —Bien; pero es inútil contarle eso. Es conveniente que sepa que estoy enamorado de ella, y esos escribidores de novelas han persuadido a las mujeres de que un hombre que bebe y come no puede estar enamorado. —En cuanto a mí, nada conozco que me haga dejar de beber o comer. —Pues bien, querido Perrin —dijo Châteaufort poniéndose el sombrero y arreglándose el pelo—, quedamos convenidos; el jueves próximo vengo a buscarle; ¡zapato bajo y media de seda, etiqueta rigurosa! Sobre todo, no olvide echar pestes del marido y decir mucho bueno de mí. Salió moviendo su fusta con mucha gentileza y dejando al comandante Perrin muy preocupado de la invitación que acababa de recibir, y más perplejo aún al pensar en las medias de seda y en el traje de etiqueta. IV Varias personas invitadas a la comida de la señora de Chaverny se habían excusado, y esto hizo la comida un poco triste. Châteaufort estaba al lado de Julia, muy afanoso en servirla, galante y amable como de costumbre. En cuanto a Chaverny, que se había dado un largo paseo a caballo, tenía un apetito prodigioso. Su voracidad era capaz de estimular las ganas de los más enfermos. El comandante Perrin le hacía compañía, escanciándole a menudo y riendo a grandes carcajadas, cuantas veces la soez alegría del anfitrión le daba pie para ello. Chaverny, sintiéndose entre militares, había recobrado en seguida su buen humor y sus modales del regimiento; por lo demás, no había sido nunca de los más delicados en la elección de sus bromas. Su mujer adoptaba un aire fríamente desdeñoso a cada salida impertinente; en tal circunstancia, se volvía del lado de Châteaufort y entablaba un aparte con él, aparentando no escuchar una conversación que le desagradaba soberanamente. He aquí una muestra de la urbanidad de este modelo de esposos. Hacia el final de la comida, habiendo recaído la conversación sobre la ópera, discutíase el mérito relativo de varias bailarinas, y, entre otras, elogiábase mucho a la ***. Con tal motivo, Châteaufort excedió a los demás en sus elogios, alabando sobre todo su gracia, su aire y sus modales honestos. Perrin, a quien Châteaufort había conducido a la Ópera algunos días antes, y solo esta vez había ido, se acordaba muy bien de la ***. —¿Es aquella pequeña, vestida de rosa, que salta como un cabrito, que tiene las piernas de que usted habla tanto, Châteaufort? —¡Ah! ¿Hablaba usted de sus piernas? —exclamó Chaverny—. ¡Pero no sabe usted que si habla demasiado de ellas, regañará con su general, el duque de J***! ¡Cuidado, compañero! —No le creo tan celoso que prohíba mirarlas a través de unos gemelos. —Al contrario; está tan orgulloso de ella, como si las hubiese descubierto. ¿Qué dice usted, comandante Perrin? —No soy competente más que en piernas de caballo —respondió modestamente el viejo soldado. —Son verdaderamente admirables —prosiguió Chaverny—, y no las hay más hermosas en París, excepto las... Se detuvo y se puso a retorcerse el bigote con aire burlón, mirando a su mujer, que enrojeció hasta los hombros. —¿Excepto las de la D***? —interrumpió Châteaufort, citando a otra bailarina. —No —respondió Chaverny, con el tono trágico de Hamlet—. «Pero mira a mi mujer.» Julia se puso púrpura de indignación. Lanzó a su marido una mirada rápida como el relámpago, pero en la que se pintaban el desprecio y el furor. Después, esforzándose por contenerse, se volvió bruscamente hacia Châteaufort. —Es preciso —dijo con voz ligeramente temblorosa— que estudiemos el dúo de «Maometto». Debe resultar muy bien con la voz de usted. Chaverny no cambiaba de tema fácilmente. —Châteaufort, ¿no sabe usted que he querido sacar un molde de las piernas de que hablo? Pero no han querido permitírmelo. Châteaufort, que experimentaba una alegría muy viva con esta impertinente revelación, aparentó no haber oído y habló de «Maometto» con la señora. —La persona a quien aludo —continuó el implacable marido— se escandalizaba de ordinario cuando le hacía justicia en este punto; pero en el fondo no le disgustaba. ¿No sabe usted que se hace tomar medida por el que le vende las medias?... No te disgustes, mujer; «la que le vende las medias». Cuando estuvo en Bruselas, me llevé tres páginas de letra suya con las más detalladas instrucciones para compra de medias. Pero era inútil que hablase; Julia estaba decidida a no escuchar una palabra. Charlaba con Châteaufort y le hablaba con una alegría afectada, y su sonrisa graciosa quería persuadirle de que solo a él escuchaba. Châteaufort, por su parte, parecía completamente absorto en el «Maometto»; pero no se le escapaba ninguna de las impertinencias de Chaverny. Después de la comida se tocó música, y la señora de Chaverny cantó al piano con Châteaufort. Chaverny se eclipsó en cuanto se abrió el piano. Llegaron varias visitas; pero esto no impidió que Châteaufort hablase muy a menudo en voz baja con Julia. Al salir declaró a Perrin que no había perdido la noche, y que sus asuntos iban viento en popa. Perrin, encontraba muy sencillo que un marido hablase de las piernas de su mujer; y cuando se quedó solo en la calle con Châteaufort, le dijo con un tono convencido: —¿Cómo se atreve usted a perturbar un matrimonio tan bien avenido? ¡Usted sabe lo que quiere a su mujer! V Desde hacía un mes, Chaverny, estaba muy preocupado con la idea de llegar a ser gentilhombre de cámara. Parecerá acaso extraño que un hombre gordo, perezoso, amigo de la comodidad, fuese accesible a un pensamiento ambicioso; pero no carecía de buenas razones para justificarlo. —Ante todo —decía a sus amigos—, yo gasto mucho dinero en palcos, que doy a mujeres. Cuando tenga un cargo en la corte, tendré, sin que me cueste un céntimo, tantos palcos como quiera. Y ya se sabe todo lo que se consigue con palcos. Además, me gusta mucho cazar; tendré a mi disposición los cazaderos reales. Por último, ahora que no tengo ya uniforme, no sé cómo vestirme para ir a los bailes de Madama; no me gustan los trajes de marqués; un traje de gentilhombre de cámara me sentará muy bien. Por consiguiente, se había puesto a solicitarlo. Hubiese querido que su mujer solicitase también; pero ella se había negado con obstinación, por más que tuviese varias amigas muy influyentes. Por haberle hecho algunos pequeños favores, confiaba mucho en el crédito del duque de H***, que era entonces muy bien visto en la corte. Su amigo Châteaufort, que tenía también muy buenos conocimientos, le servía con un celo y un interés que encontraréis acaso si estáis casados con una mujer bonita. Una circunstancia favoreció mucho el asunto de Chaverny, aunque pudo tener para él consecuencias bastante funestas. Su mujer se había procurado, no sin algún trabajo, un palco de la Ópera cierto día de primera representación. Este palco tenía seis asientos. Chaverny, por excepción, y después de vivas instancias, había consentido en acompañarla. Era que Julia quería ofrecer un asiento a Châteaufort y, sintiendo que no podía ir sola con él a la Ópera, había obligado a su marido a venir a esta función. Inmediatamente, después del primer acto, Chaverny salió, dejando a su mujer sola con su amigo. Ambos guardaron al principio silencio con aire un poco cohibido: Julia, porque desde hacía algún tiempo se sentía turbada cuando se hallaba a solas con Châteaufort; este, porque tenía sus proyectos y había encontrado conveniente aparecer conmovido. Al echar a hurtadillas una ojeada por la sala, vio con placer varios gemelos conocidos dirigidos hacia su palco. Experimentaba una viva satisfacción en pensar que, varios amigos suyos envidiaban su felicidad y, según toda apariencia, la suponían más grande de lo que en realidad era. Julia, después de haber olido su pomo y su ramillete varias veces, habló del calor, del espectáculo, de los trajes. Châteaufort escuchaba distraído, suspiraba, se agitaba en su asiento, miraba a Julia y volvía a suspirar. Julia comenzaba a inquietarse; de repente él exclamó: —¡Cómo quisiera vivir en los tiempos de la caballería! —¡Los tiempos de la caballería! ¿Por qué? —preguntó Julia—. ¿Sin duda porque un traje de la Edad Media le sentaría a usted bien? —Muy fatuo me supone usted —dijo él con tono de amargura y de tristeza—. Me gustan esos tiempos porque un hombre que tenía corazón podía aspirar a... muchas cosas... En definitiva no se trataba más que de hendir un gigante para agradar a una dama. Mire usted: ¿ve ese gran coloso en la galería? Yo quisiera que usted me ordenase ir a pedirle el bigote, para darme en seguida permiso de decirle a usted dos palabritas sin que se disgustase. —¡Qué locura! —exclamó Julia, ruborizándose hasta el blanco de los ojos, pues adivinaba estas dos palabritas—. Pero vea usted a la señora de Sainte-Hermine, descotada a su edad y con traje de baile. —Yo no veo más que una cosa: que usted no quiere escucharme, y hace mucho tiempo que lo advierto... Usted lo quiere, me callo; pero... —añadió muy bajo y suspirando—, usted me ha comprendido. —No, ciertamente —dijo Julia con tono seco—. Pero ¿dónde está mi marido? Una visita muy oportuna la sacó de apuro. Châteaufort no despegó los labios. Estaba pálido, y parecía profundamente afectado. Cuando salió el visitante, hizo algunas observaciones indiferentes sobre el espectáculo. Había entre ellos largos intervalos de silencio. Iba a comenzar el segundo acto, cuando se abrió la puerta del palco y apareció Chaverny, acompañando a usa mujer muy bonita y muy compuesta, tocada con magníficas plumas rosa. El duque de H*** la seguía. —Querida amiga —dijo a su mujer—, he encontrado al señor duque y a la señora en un palco detestable de al lado, desde el cual no pueden verse las decoraciones. Se han servido tomar un asiento en el nuestro. Julia se inclinó fríamente; el duque de H*** le desagradaba. El duque y la dama de las plumas rosas, se confundían en excusas y temían molestarla. Hubo un movimiento y un pugilato de generosidad para colocarse. Durante el desorden que se originó, Châteaufort inclinose al oído de Julia, y le dijo muy bajo y muy de prisa: —Por amor de Dios, no se coloque usted delante. Julia se extrañó mucho y permaneció en su puesto. Ya todos sentados, se volvió hacia Châteaufort, y le pidió con una mirada algo severa explicación de este enigma. Estaba sentado, con el cuello rígido y los labios apretados, y toda su actitud, anunciaba que sufría una enorme contrariedad. Reflexionando, Julia interpretó bastante mal la recomendación de Châteaufort. Pensó que quería hablarle bajo durante la representación y continuar sus singulares discursos, cosa imposible si se ponía delante. Al mirar hacia la sala notó que varias mujeres dirigían sus gemelos hacia el palco; pero siempre ocurre lo mismo cuando aparece una figura nueva. Hablaban en secreto y sonreían; pero ¿qué había en ello de particular? ¡La Ópera es una aldea tan pequeña! La dama desconocida se inclinó hacia el ramillete de Julia, y dijo con sonrisa encantadora: —¡Tiene usted un magnífico ramillete, señora! Me parece que ha debido costar mucho en esta estación: por lo menos, diez francos. Pero, ¿se lo han dado a usted, es un regalo, sin duda? Las damas no compran nunca sus ramilletes. Julia abría los ojos, y no sabía qué especie de provinciana tenía delante. —Duque —dijo la dama con aire lánguido—, usted no me ha dado un ramillete. Chaverny se precipitó inmediatamente hacia la puerta. El duque quería detenerlo y la señora también. No tenía ya ganas de ramillete. Julia cambió una mirada con Châteaufort, como queriéndole decir: —Le doy las gracias, pero es demasiado tarde. No había, sin embargo, adivinado por completo. Durante toda la representación, la dama de las plumas, tocaba con los dedos con medida falsa y hablaba de música a tontas y a locas. Interrogaba a Julia sobre el precio de su traje, de sus joyas, de sus caballos. Julia no había visto modales semejantes. Dedujo que la desconocida debía de ser una parienta del duque, recién llegada de la baja Bretaña. Cuando volvió Chaverny, con un enorme ramillete, mucho más hermoso que el de su mujer, hubo una gran admiración, con gracias y excusas interminables. —Señor de Chaverny, yo no soy ingrata —dijo la supuesta provinciana, después de una larga retahíla—; para probárselo, «hágame usted pensar en prometerle alguna cosa», como dice Potier. De verdad, le bordaré una bolsa cuando acabe la que he prometido al duque. Por fin terminó la ópera, con gran satisfacción de Julia, que se sentía violenta al lado de su singular vecina. El duque le ofreció el brazo; Chaverny tomó el de la otra dama. Châteaufort, con aire sombrío y contrariado, seguía detrás de Julia, saludando cohibido a las personas conocidas que encontraba en la escalera. Algunas mujeres pasaron al lado de ellos. Julia las conocía de vista. Un joven les habló bajo con risa burlona; en seguida miraron, con aire de curiosidad muy viva, a Chaverny y a su mujer, y una de ellas exclamó: —¿Es posible? Apareció el coche del duque; este saludó a la señora de Chaverny, repitiéndole las gracias por sus atenciones. Mientras tanto, Chaverny quería acompañar hasta el coche a la dama desconocida, y Julia y Châteaufort se quedaron solos un momento. —¿Quién es esta mujer? —preguntó Julia. —¡No debo decírselo..., porque la cosa resulta un poco extraordinaria! —¿Cómo? —Por lo demás, todas las personas que la conocen a usted sabrán a qué atenerse. ¡Pero Chaverny!... No lo hubiera creído. —Pero, bueno, ¿qué es ello? ¡Hable usted, por favor! ¿Quién es esa mujer? Chaverny volvía. Châteaufort respondió en voz baja: —La querida del duque de H***, la señora Melania R***. —¡Dios mío! —exclamó Julia, mirando a Châteaufort con aire estupefacto—. ¡Es imposible! Châteaufort se encogió de hombros, y, al mismo tiempo que la acompañaba al coche, añadió: —Eso es lo que decían esas señoras que hemos encontrado en la escalera. En cuanto a la otra, es una persona aceptable dentro de su género. Exige cuidados, miramientos... Hasta tiene un marido. —Querida —dijo Chaverny con tono alegre—, tú no me necesitas para volver a casa. Buenas noches. Voy a cenar en casa del duque. Julia no respondió nada. —Châteaufort —prosiguió Chaverny—, ¿quiere usted venir conmigo a casa del duque? Está usted invitado, acaba le decírmelo. Se ha fijado en usted, y le es usted simpático, buena persona. Châteaufort dio las gracias fríamente, y saludó a la señora de Chaverny, que mordía el pañuelo con rabia cuando partió su coche. —Bien, querido —dijo Chaverny—, al menos me llevará usted en su «cabriolet» hasta la puerta de esta infanta. —Con mucho gusto —respondió alegremente Châteaufort—; pero, a propósito, ¿sabe usted que su mujer ha comprendido al fin al lado de quien estaba? —Imposible. —Esté usted seguro; y por parte de usted, no estaba eso bien. —¡Bah! Ella ha estado muy bien, y además no se la conoce todavía demasiado. El duque la lleva a todas partes. VI Julia pasó una noche muy agitada. La conducta de su marido en la Ópera colmaba todas sus culpas y parecía exigirle una reparación inmediata. Al día siguiente tendría una explicación con él y le expresaría su propósito de no seguir viviendo bajo el mismo techo con un hombre que la había comprometido de una manera tan cruel. Pero esta explicación le aterraba. Nunca había tenido una conversación seria con su marido. Hasta entonces había expresado sus disgustos solo poniendo mala cara, sin que Chaverny le diese la menor importancia, pues como dejaba a su mujer en completa libertad, nunca se le hubiese ocurrido creer que su mujer pudiese negarle una indulgencia que, en caso necesario, él estaba dispuesto a concederle. Temía, sobre todo, llorar en medio de esta explicación, y que Chaverny atribuyese estas lágrimas al amor herido. Y entonces sentía vivamente la ausencia de su madre, que hubiera podido darle un buen consejo o encargarse de pronunciar la sentencia de separación. Todas estas reflexiones la sumieron en una gran incertidumbre, y cuando se durmió, había tomado la resolución de consultar a una de sus amigas, que la había conocido siendo ella muy joven, y confiarse a su prudencia para la conducta que debía seguir con Chaverny. Mientras se abandonaba a su indignación, no había podido menos de hacer involuntariamente un paralelo entre su marido y Châteaufort. La enorme inconveniencia del primero hacía resaltar la delicadeza del segundo, y reconocía con cierto placer, pero no sin reprochárselo, que el amante se había cuidado más de su reputación que el marido. Esta comparación moral la arrastraba sin querer a observar la elegancia de modales de Châteaufort y el aspecto medianamente distinguido de Chaverny. Veía a su marido, con su vientre un poco prominente, deshaciéndose en cumplidos pesados con la querida del duque de H***, mientras Châteaufort, más respetuoso aún que de ordinario, parecía procurar retener en torno a ella la consideración que su marido podía hacerle perder. En fin, como sin querer nuestros pensamientos nos arrastran lejos, imaginose más de una vez que podía quedarse viuda, y que entonces, joven y rica, nada se opondría a que coronase legítimamente el amor constante del joven jefe de escuadrón. Un ensayo desdichado no significaba nada contra el matrimonio, y si el afecto de Châteaufort era verdadero... Pero entonces ahuyentaba estos pensamientos, que la hacían ruborizarse, y se proponía ser más reservada que nunca en sus relaciones con él. Se despertó con mucho dolor de cabeza, y más lejana aún que la víspera de una explicación decisiva. No quiso bajar a almorzar, temerosa de encontrarse con su marido; mandó que le llevasen té a su cuarto y pidió el coche para ir a casa de la señora Lambert, la amiga a quien quería consultar. Esta dama se encontraba entonces en el campo, en P... Mientras almorzaba abrió un periódico. El primer artículo que apareció a su vista decía así: «El señor Darcy, primer secretario de la Embajada de Francia en Constantinopla, ha llegado anteayer a París con despachos. Este joven diplomático ha tenido, inmediatamente después de su llegada, una larga conferencia con el ministro de Negocios Extranjeros». —¡Darcy en París! —exclamó—. Me gustaría verlo. ¿Se habrá puesto muy estirado? ¡Este joven diplomático! ¡Darcy, joven diplomático! Y no pudo menos de reírse solo de estas palabras: «Joven diplomático». Este Darcy acudía en otro tiempo con mucha asiduidad a las reuniones de la señora de Lussan; entonces era agregado al ministerio de Negocios Extranjeros. Había abandonado París poco tiempo antes del matrimonio de Julia, y después no le había vuelto a ver. Sabía solo que había viajado mucho y que había obtenido rápidos ascensos. Tenía aún el periódico en la mano cuando entró su marido. Parecía de muy buen humor. A su aparición, ella se levantó para salir; mas como hubiese sido preciso pasar muy cerca de él para entrar en su tocador, permaneció de pie en el mismo sitio, pero tan agitada que su mano, apoyada en la mesa de té, hacía temblar distintamente el servicio de porcelana. —Querida —dijo Chaverny—, vengo a despedirme por algunos días. Voy a cazar a las posesiones del duque de H***. Tengo que decirte que está encantado de tu amabilidad de ayer noche. Mi asunto marcha bien, y me ha prometido recomendarme al rey con el mayor interés. Mientras le escuchaba, Julia palidecía y se ruborizaba alternativamente. —El duque de H*** te debe eso... y mucho más —dijo con voz temblorosa—. No puede hacer menos por uno que compromete a su mujer del modo más escandaloso con las queridas de su protector. Después, haciendo un esfuerzo desesperado, atravesó la habitación con paso majestuoso y entró en su tocador, cuya puerta cerró con violencia. Chaverny se quedó un momento con la cabeza baja y el aire confuso. —¿De dónde diablo sabe ella esto? —pensó—. ¿Qué importa, después de todo? Lo hecho, hecho. Y como no era costumbre suya detenerse mucho tiempo en una idea desagradable, hizo una pirueta, cogió un pedazo de azúcar del azucarero y gritó con la boca llena a la doncella, que entraba: —Diga a mi mujer que pasaré tres o cuatro días con el duque H*** y que le mandaré caza. Salió, no pensando más que en los faisanes y los ciervos que iba a matar. VII Julia partió para P... sintiendo redoblada cólera contra su marido; pero esta vez era por un motivo bastante ligero. Había cogido para ir al castillo del duque H*** la carretela nueva, dejando a su mujer otro coche que, según el cochero, estaba necesitado de reparaciones. Durante el camino, Julia se aprestaba para contar su aventura a la señora Lambert. A pesar de su disgusto, no era insensible a la satisfacción que da a todo narrador una historia bien contada, y se preparaba a su relato, buscando exordios y comenzando ya de una manera, ya de otra. Al cabo de estos ejercicios, vino a resultar que vio las enormidades de su marido en todos sus aspectos, y que su resentimiento se acrecentó proporcionalmente. Como todos saben, hay más de cuatro leguas de París a P..., y por larga que fuese la requisitoria de la señora de Chaverny, concíbese que es imposible, aun al odio más envenenado, dar vueltas a la misma idea durante cuatro leguas seguidas. A los sentimientos violentos que le inspiraban los agravios de su marido, venían a juntarse recuerdos dulces y melancólicos, por esa extraña facultad del pensamiento humano que asocia a menudo una imagen sonriente a una sensación penosa. El aire puro y vivo, el sol espléndido, los rostros tranquilos de los transeúntes, contribuían también a sacarle de sus reflexiones rencorosas. Recordó las escenas de su infancia y los días en que iba a pasearse por el campo con amiguitas de su edad. Veía de nuevo a sus compañeras del convento; asistía a sus juegos, a sus comidas. Se explicaba las confidencias misteriosas que había sorprendido a las mayores, y no podía menos de sonreír, pensando en los cien pequeños detalles que revelan tan pronto el instinto de coquetería en las mujeres. Después se representaba su entrada en sociedad. Bailaba de nuevo en los bailes más brillantes que había visto en el año que siguió a su salida del convento. Los otros bailes los había olvidado; pronto se siente hastío; pero estos bailes le trajeron a la memoria a su marido. —¡Qué loca estaba! —se dijo—. ¿Cómo no me di cuenta, a primera vista, de que sería desdichada con él? Todos los absurdos, todas las tonterías de novio que el pobre Chaverny le dirigía con tanto aplomo un mes antes de la boda, todo esto se hallaba anotado, registrado cuidadosamente en su memoria. Al mismo tiempo, no podía menos de pensar en los numerosos admiradores que su boda había reducido a la desesperación, y que no habían par eso dejado de casarse o consolarse de otro modo, pocos meses después. —¿Habría sido feliz con otro? —se preguntó—. A... es francamente un tonto; pero no es ofensivo, y Amelia lo gobierna a su antojo. Siempre se puede vivir con un marido que obedece. B... tiene queridas, y su mujer es tan bondadosa que se aflige. Pero no tiene más que miramientos para ella, y... es lo único que yo pediría. El joven conde C..., que siempre está leyendo libelos políticos y que se prepara con tanto afán para ser un día un buen diputado, ¿acaso resultaría un buen marido? Sí; pero todos estos individuos son fastidiosos, feos, tontos... Pasando así revista a todos los jóvenes que había conocido de soltera, presentose por segunda vez a su memoria el nombre de Darcy. Darcy era en otro tiempo, dentro de la sociedad de la señora de Lussan, un personaje sin trascendencia; es decir, se sabía..., las mamás sabían, que su fortuna no le permitía pensar en sus hijas. Para ellas, nada había en él que pudiese trastornar las jóvenes cabecitas. Por lo demás, tenía reputación de hombre galante. Algo misántropo y cáustico, se complacía mucho, si se hallaba solo en medio de un círculo de muchachas, en burlarse de las ridiculeces y pretensiones de los demás jóvenes. Cuando hablaba bajo con alguna señorita, las madres no se alarmaban, porque sus hijas reían a carcajadas, y las madres de las que tenían hermosa dentadura llegaban hasta decir que Darcy era muy amable. La conformidad de gustos y el temor recíproco de su ingenio maldiciente habían aproximado a Julia y Darcy. Después de algunas escaramuzas, habían establecido un tratado de paz, una alianza ofensiva y defensiva; se respetaban mutuamente y estaban siempre unidos para compartir el pellejo de sus amistades. Una noche, suplicaron a Julia que cantase no sé qué trozo. Ella tenía una hermosa voz y lo sabía. Al acercarse al piano miró, antes de cantar, a las mujeres con aire un poco orgulloso, como si quisiera desafiarlas. Pero aconteció que precisamente aquella noche, por indisposición o por desdichada fatalidad, estaba privada de casi todos sus recursos. La primera nota que salió de aquella garganta, ordinariamente tan melodiosa, resultó decididamente falsa. Julia se azoró, no cantó nada a derechas y equivocó todos los matices. Toda confusa, pronta a romper a llorar, la pobre Julia abandonó el piano y, al volver a su sitio, no pudo menos de mirar la alegría maligna que disimulaban mal sus compañeras, viendo humillado su orgullo. Los hombres mismos parecían contener con trabajo una sonrisa burlona. Bajó los ojos de vergüenza y cólera, y estuvo algún tiempo sin osar levantarlos. Cuando alzó la cabeza, el primer rostro amigo con que tropezó fue el de Darcy. Estaba pálido, y en sus ojos brillaban lágrimas. Parecía más conmovido de su fracaso que ella misma. —¡Me quiere! —pensó—. ¡Me quiere de verdad! Por la noche no pudo pegar los ojos, y el rostro triste de Darcy, aparecía siempre a su vista. Durante dos días no pensó más que en él y en la pasión secreta que debía alimentar por ella. La novela iba avanzando, cuando la señora de Lussan encontró una tarjeta de Darcy con estas dos letras: S. D. —¿Adónde se va el señor Darcy? —preguntó Julia a un joven que le conocía. —¿Adónde? ¿No lo sabe usted? A Constantinopla; sale esta noche en la diligencia. —¡No me quiere! —pensó ella. Ocho días después, Darcy había sido olvidado. Por su parte, Darcy, que era entonces bastante sentimental, estuvo ocho meses sin olvidar a Julia. Para disculpar a esta, es preciso considerar que Darcy vivía en medio de los bárbaros, mientras que Julia estaba en París, rodeada de homenajes y distracciones. De cualquier modo, seis o siete años después de su separación, Julia en su coche, por el camino de P..., recordaba la expresión melancólica de Darcy el día en que cantó tan mal, y, si hay que confesarlo, pensó en el amor probable que él entonces sentía por ella, y acaso también en los sentimientos que podría conservar todavía. Todo esto le preocupó con bastante viveza durante media legua. Después, fue Darcy olvidado por tercera vez. VIII No poco contrariada se sintió Julia cuando, al entrar en P..., vio en el patio de la señora de Lambert un coche cuyos caballos desenganchaban, lo cual anunciaba una visita que debía prolongarse. Imposible, por consiguiente, entablar la discusión de sus quejas contra Chaverny. La señora Lambert, cuando Julia entró en el salón, estaba con una mujer a quien Julia había visto en sociedad; pero a la cual apenas de nombre conocía. Tuvo que hacer un esfuerzo sobre sí misma, para ocultar la expresión del disgusto que experimentaba por haber hecho en balde el viaje a P... —¡Ah, buenos días, querida!—exclamó la señora Lambert, besándola—; cuánto me alegro de ver que no me ha olvidado usted. No ha podido usted venir en mejor ocasión, pues espero hoy no sé cuánta gente que la quiere a usted con locura. Julia respondió, con aire un poco cohibido, que había pensado encontrar sola a la señora Lambert. —Se van a alegrar mucho de verla —prosiguió la señora Lambert—. Está tan triste mi casa desde el matrimonio de mi hija, que siento una gran satisfacción cuando mis amigos tienen la atención de venir a verme. Pero, hija mía, ¿qué ha hecho usted de sus hermosos colores? Se encuentra usted muy pálida hoy. Julia inventó una pequeña mentira: lo largo del camino..., el polvo..., el sol... —Precisamente vendrá hoy a comer con nosotros uno de sus adoradores, a quien voy a dar una agradable sorpresa: el señor de Châteaufort, y, probablemente, su fiel Acates, el comandante Perrin. —He tenido el gusto de recibir últimamente al comandante Perrin —dijo Julia, ruborizándose un poco, pues estaba pensando en Châteaufort. —También vendrá el señor de Saint-Leger. Le obligaremos a que organice una velada de proverbios para el mes próximo, y usted tendrá en ella un papel, querida; hace dos años era usted personaje principal para los proverbios. —Dios mío, señora; hace tanto tiempo que no he jugado a proverbios, que no me sentiría tan segura como en otro tiempo, y tendría que acudir al «Oigo a alguien». —¡Ah, Julia, hija mía! Adivine usted a quién esperamos además. Pero este, querida, es preciso tener memoria para recordar su nombre. El nombre de Darcy, se presentó inmediatamente a Julia. —Me obsesiona verdaderamente —pensó—. ¿Memoria, señora?... Yo la tengo buena. —Pero yo digo una memoria de seis o siete años. ¿Recuerda usted a uno de sus amigos más atentos cuando era usted muchachita y llevaba trenza? —Verdaderamente no adivino. —¡Qué horror, querida! Olvidar así a un hombre tan simpático, que entonces, si no me engaño, le agradaba tanto que casi su madre de usted se alarmaba. Vamos, amiga mía, puesto que así olvida usted a sus adoradores, habrá que recordarle sus nombres: es Darcy a quien va usted a ver. —¿Darcy? —Sí; ha vuelto al fin de Constantinopla hace solo algunos días. Ha venido a verme anteayer, y le he invitado. ¿Sabe usted, ingrata, que me ha preguntado por usted con un interés muy significativo? —¿Darcy? —dijo Julia dudando y con distracción afectada—. ¿Darcy? ¿Es un joven alto, rubio..., que es secretario de embajada? —¡Oh, querida! No le reconocerá usted; ha cambiado mucho; está pálido, o más bien de color oliváceo, con los ojos hundidos; ha perdido mucho pelo a causa del calor, según dice. Si esto continúa, dentro de dos o tres años estará calvo por delante. Y, sin embargo, no tiene todavía treinta años. Aquí, la dama que escuchaba el relato de la desgracia de Darcy, aconsejó el uso del _Kalydor_, que le había sentado muy bien después de una enfermedad que le hizo perder mucho pelo. Y se pasaba, al hablar, los dedos por los numerosos bucles de un hermoso castaño claro. —¿Ha permanecido Darcy todo este tiempo en Constantinopla? —preguntó Julia. —No por completo, pues ha viajado mucho: ha estado en Rusia, y después ha recorrido toda Grecia. ¿No sabe usted su suerte? Ha muerto su tío y le ha dejado una hermosa fortuna. Ha estado también en el Asia Menor, en la... ¿cómo dice?... la Caramania. Está delicioso. Tiene historias muy pintorescas, que la divertirán a usted mucho. Ayer me ha contado algunas tan bonitas que le decía a cada paso: «Pero guárdelas usted para mañana; se las dirá usted a esas damas, en lugar de perderlas con una vieja como yo». —¿Le ha contado a usted la historia de la mujer turca que salvó? —preguntó la señora Dumanoir, la encomiadora del _Kalydor_. —¿La mujer turca que salvó? ¿Ha salvado a una mujer turca? No me ha dicho una palabra. —¡Cómo! Si es una acción admirable, una verdadera novela. —¡Oh! Cuéntenos usted eso, haga el favor. —No, no; pregúntenselo a él mismo. Yo solo sé la historia por mi hermana, cuyo marido, como usted sabe, ha sido cónsul en Esmirna. Pero ella se la había oído a un inglés, testigo de toda la aventura. —Cuéntenos usted esa historia, señora. ¿Cómo quiere usted que podamos esperar hasta la comida? No hay nada tan desesperante como oír hablar de una historia que no se sabe. —Voy a estropeársela a ustedes; pero, en fin, esta es, tal como me la han contado. El señor Darcy se hallaba en Turquía examinando no sé qué ruinas a orillas del mar, cuando vio venir hacia él una procesión muy lúgubre. Eran unos mudos que llevaban un saco, y este saco se agitaba como si dentro hubiese alguna cosa viva. —¡Ah, Dios mío! —exclamó la señora Lambert, que había leído «El Giaur»—. Era una mujer que iban a echar al mar. —Justamente —prosiguió la señora Dumanoir, un poco picada de verse quitar así el rasgo más dramático de su cuento—. El señor Darcy mira al saco, oye un gemido sordo y adivina en seguida la horrible verdad. Pregunta a los mudos lo que van a hacer; por toda respuesta, los mudos sacan sus puñales. Por fortuna, el señor Darcy estaba muy bien armado. Pone en fuga a los esclavos, y saca, en fin, del maldito saco a una mujer de encantadora belleza, medio desvanecida, y la lleva a la ciudad, donde la deja en una casa segura. —¡Pobre mujer! —dijo Julia, que comenzaba a interesarse por la historia. —¿La cree usted salvada? De ningún modo. El marido, celoso, porque era un marido, amotinó a todo el populacho, que se dirigió con antorchas a casa del señor Darcy, con intención de quemarlo vivo. No sé bien el fin de este asunto; lo único que sé, es que ha sostenido un sitio y acabado por poner a la mujer en seguridad. Parece, además —añadió la señora Dumanoir, cambiando repentinamente de expresión y tomando un «tono de nariz muy devoto»—, que el señor Darcy tuvo cuidado de que la convirtiesen, y que ha sido bautizada. —¿Y se ha casado con ella Darcy? —preguntó Julia sonriendo. —Eso no puedo decírselo. Pero la mujer turca... tenía un nombre singular: se llamaba Eminé. Sentía una pasión violenta por el señor Darcy. Mi hermana me decía que le llamaba siempre «Sôtir..., Sôtir», que quiere decir «mi salvador» en turco y en griego. Eulalia me ha dicho que era una de las mujeres más guapas que se pueden ver. —¡Le pincharemos con eso de la turca! —exclamó la señora Lambert—. ¿No es eso, señoras? Hay que atormentarle un poco. Por lo demás, ese rasgo de Darcy no me sorprende nada; es uno de los hombres más generosos que conozco, y sé algunas acciones suyas que me hacen llorar siempre que las cuento. Su tío ha muerto dejando una hija natural, que no había nunca reconocido. Como no hizo testamento, no tenía ella ningún derecho a su herencia. Darcy, que era el único heredero, ha querido que tuviese una parte, y probablemente esta parte ha sido mucho mayor de lo que su padre mismo le hubiese destinado. —¿Era bonita esta hija natural? —preguntó la señora de Chaverny, con cierto aire maligno, pues comenzaba a sentir la necesidad de hablar mal de aquel Darcy que no podía ahuyentar de su pensamiento. —¡Ah, querida! ¿Cómo puede usted suponer? Pero, además, Darcy estaba todavía en Constantinopla cuando murió su tío, y probablemente no ha visto a esa criatura. La llegada de Châteaufort, del comandante Perrin y de algunas otras personas puso fin a esta conversación. Châteaufort se sentó al lado de Julia, y aprovechando un momento en que hablaban muy alto: —Parece usted triste, señora —le dijo—; me consideraría muy desgraciado si la causa fuera lo que ayer le dije. Julia no había escuchado, o más bien, no había querido escuchar. Châteaufort sintió, pues, la mortificación de repetir su frase, y la mayor aún de una respuesta un poco seca, después de la cual Julia se mezcló en seguida en la conversación general; y, cambiando de sitio, se alejó de su desgraciado admirador. Châteaufort, sin desalentarse, derrochaba inútilmente sus ingeniosidades. La señora de Chaverny, a quien solo quería agradar, le escuchaba distraída; pensaba en la próxima llegada de Darcy, aunque preguntándose por qué se preocupaba tanto de un hombre que ella debía haber olvidado, y que probablemente la había también olvidado a ella desde hacía mucho tiempo. Al fin escuchose el ruido de un coche; la puerta del salón se abrió. —¡Ah! ¡Ya está aquí! —exclamó la señora Lambert. Julia no osó volver la cabeza; pero se quedó intensamente pálida. Experimentó una viva y súbita sensación de frío, y tuvo necesidad de reunir todas sus fuerzas para rehacerse e impedir que Châteaufort reconociese el cambio de su fisonomía. Darcy besó la mano de la señora Lambert, y, después de hablarle en pie algún tiempo, se sentó a su lado. Entonces se produjo un gran silencio. La señora Lambert parecía esperar y preparar un reconocimiento. Châteaufort y los hombres, a excepción del buen comandante Perrin, observaban a Darcy con curiosidad algo celosa. Llegado de Constantinopla, tenía una gran superioridad sobre ellos, y esto era motivo suficiente para que adoptasen ese aire de rigidez acompasada que se toma con los extranjeros. Darcy, que no se había fijado en nadie, fue el primero en romper el silencio. Habló del tiempo y del camino, de cualquier cosa; su voz era dulce y musical. La señora de Chaverny se atrevió a mirarle; lo vio de perfil. Le pareció enflaquecido, y su expresión había cambiado... En resumen, lo encontró bien. —Querido Darcy —dijo la señora Lambert—, mire usted alrededor, y vea si encuentra por ahí alguna de sus antiguas amistades. Darcy volvió la cabeza, y vio a Julia, que hasta entonces se había ocultado bajo su sombrero. Levantose precipitadamente con una exclamación de sorpresa, y se adelantó hasta ella, tendiéndole la mano; después, deteniéndose de repente y como arrepintiéndose de su familiaridad, saludó a Julia muy profundamente, y le expresó en términos muy «correctos» todo el gusto que tenía en volverla a ver. Julia balbució algunas palabras corteses, y enrojeció viendo a Darcy parado ante ella y mirándola fijamente. Pronto recobró su aplomo, y le miró a su vez con esa mirada distraída y observadora a un tiempo que las gentes de mundo toman cuando quieren. Era un joven alto, pálido, cuyas facciones expresaban serenidad; pero una serenidad que parecía provenir menos de un estado habitual del alma que del imperio que esta parecía haber llegado a adquirir sobre la expresión de la fisonomía. Arrugas ya marcadas surcaban su frente. Sus ojos estaban hundidos, la comisura de los labios se marcaba hacia abajo, y las sienes comenzaban a despoblarse. No tenía, sin embargo, más de treinta años. Iba vestido con mucha sencillez; pero con esa elegancia que indica el hábito de la buena sociedad, y la indiferencia respecto a un asunto que absorbe las meditaciones de tantos jóvenes. Julia hizo todas estas observaciones con gusto. Notó, además, que tenía en la frente una cicatriz bastante larga, que ocultaba mal con un mechón de pelo y que parecía hecha de un sablazo. Julia estaba sentada al lado de la señora Lambert. Entre ella y Châteaufort había una silla; pero apenas levantado Darcy, Châteaufort había puesto su mano en el respaldo de la silla, la había colocado sobre un solo pie y la tenía en equilibrio. Era evidente que pretendía guardarla como el perro del hortelano. La señora Lambert se compadeció de Darcy, que continuaba en pie delante de Julia. Hizo sitio a su lado en el sofá donde estaba sentada, y se lo ofreció a Darcy, que se encontró de esta manera al lado de Julia, y él aprovechó esta posición ventajosa, entablando con ella una conversación tirada. Tuvo, sin embargo, que sufrir de la señora de Lambert y de algunas otras personas un interrogatorio en regla sobre sus viajes; pero, desembarazándose con bastante laconismo, aprovechaba todas las ocasiones para continuar con Julia su especie de aparte. —Tome usted el brazo de la señora de Chaverny —dijo la señora de Lambert a Darcy cuando la campana del castillo anunció la comida. Châteaufort se mordió los labios; pero encontró modo de colocarse en la mesa bastante cerca de Julia para observarla bien. IX Después de la comida, como hacía una tarde hermosa y el tiempo era caluroso, se reunieron en el jardín, alrededor de una mesa rústica, para tomar café. Châteaufort había notado con despecho creciente las atenciones de Darcy para la señora de Chaverny. Según iba observando el interés que ella parecía tener en la conversación del recién llegado, era menos amable, y los celos no producían otro efecto que quitarle sus medios de agradar. Se paseaba sobre la terraza donde estaban sentados, y, según costumbre de las personas inquietas, no podía permanecer en un sitio, mirando a menudo las gruesas nubes negras que se formaban en el horizonte y anunciaban una tempestad, y con más frecuencia a su rival, que hablaba en voz baja con Julia. Tan pronto la veía sonreír, tan pronto se ponía seria o bajaba tímidamente la vista; en fin, veía que Darcy no podía decirle una palabra que no produjese un efecto marcado; y lo que más le fastidiaba es que las varias expresiones que las facciones de Julia tomaban, no parecían ser más que la imagen y como el reflejo de la móvil fisonomía de Darcy. No pudiendo al cabo resistir esta especie de suplicio, se acercó a ella, e inclinándose sobre el respaldo de su silla, mientras Darcy daba a alguien noticia sobre la barba del sultán Mahmud: —Señora —le dijo con acento amargo—, el señor Darcy parece ser un hombre muy amable. —¡Oh, sí! —respondió la señora de Chaverny con expresión entusiasta, que no pudo reprimir. —Ya se ve —continuó Châteaufort—, pues le hace olvidar a sus antiguos amigos. —¡Mis antiguos amigos! —dijo Julia con acento un poco severo—. No sé lo que quiere usted decir. Y le volvió la espalda. Después, tomando una punta del pañuelo que la señora Lambert tenía en la mano: —¡De qué buen gusto es el bordado de este pañuelo! —dijo—. Es una labor maravillosa. —¿Le gusta a usted, querida? Es un regalo de Darcy, que me ha traído no sé cuántos pañuelos bordados de Constantinopla. A propósito, ¿es su turca la que los ha bordado? —¡Mi turca! ¿Qué turca? —Sí, esa bella sultana a quien ha salvado usted la vida, que le llamaba... ¡Oh!, lo sabemos todo... Que le llamaba... su... salvador, en fin. Usted sabrá cómo se dice en turco. —¿Es posible —exclamó él— que la fama de mi desdichada aventura haya llegado ya a París? —Pero si no es una aventura desdichada, como no sea acaso para el Mamamuchi que perdió su favorita. —¡Ay! —respondió Darcy—, veo bien que usted solo sabe la mitad de la historia, pues es una aventura tan triste para mí como lo fue para don Quijote la de los molinos de viento. Después de haber dado tanto que reír a los francos, ¿tengo aún que sufrir las burlas de París por la única acción de caballero andante que he acometido? —¡Cómo! No sabemos nada. ¡Cuéntenoslo usted! —exclamaron todas las damas al unísono. —Debería —dijo Darcy— dejarles con el relato que ya conocen ustedes y reservarme la continuación, cuyo recuerdo no tiene nada de agradable para mí; pero un amigo mío —le pido a usted permiso para presentárselo, señora Lambert—, sir John Tyrrel, un amigo mío, actor también en esta escena trágico-cómica, vendrá pronto a París, y acaso se diese el gusto de otorgarme en su relato un papel aun más ridículo del que he desempeñado. He aquí el hecho. Esta desdichada mujer, una vez instalada en el consulado de Francia... —¡Oh, pero comience usted por el principio! —exclamó la señora Lambert. —Pero si ya lo saben ustedes. —No sabemos nada, y queremos que nos cuente usted toda la historia de punta a punta. —¡Pues bien! Sepan ustedes que yo me encontraba en Lárnaca en 18... Un día salí de la ciudad para dibujar. Conmigo iba un joven inglés, muy simpático, buen muchacho, hombre corrido, llamado sir John Tyrrel, uno de esos individuos inestimables cuando se viaja, porque piensan en la comida, no olvidan las provisiones y están siempre de buen humor. Por lo demás, viajaba sin objeto fijo, y no sabía ni geología ni botánica, ciencias muy fastidiosas en un compañero de viaje. »Yo me había sentado a la sombra de una casucha, a unos doscientos pasos del mar, que en aquel sitio está dominado por rocas a pico. Estaba muy ocupado en dibujar los restos de un sarcófago antiguo, mientras sir John, tumbado en la hierba, se burlaba de mi desdichada pasión por las bellas artes, fumando delicioso tabaco de Latakié. A nuestro lado, un truchimán turco, que habíamos tomado a nuestro servicio, nos hacía café. Sabía hacer el café de un modo admirable, y era el más cobarde de los turcos que he conocido. »De repente, sir John exclamó con alegría: »—Mire usted esas gentes que bajan del monte con nieve: les compraremos para hacer un sorbete con naranjas. »Levanté la vista, y vi venir hacia nosotros un asno, sobre el cual iba atravesado un grueso bulto; dos esclavos lo sostenían por cada lado. Delante, un asnero conducía el asno, y detrás, un turco venerable, de barba blanca, cerraba la marcha montado en un caballo bastante bueno. »Nuestro turco, sin dejar de atizar el fuego, echó una mirada de soslayo sobre la carga del asno, y nos dijo con sonrisa singular: »—No es nieve. »Y siguió ocupándose de nuestro café con su flema habitual. »—¿Qué es, pues? —preguntó Tyrrel—. ¿Es algo de comer? »—Para «los peces» —respondió el turco. »En este instante, el hombre a caballo partió a galope, y, dirigiéndose hacia el mar, pasó a nuestro lado, no sin dirigimos una de esas miradas despectivas con que los musulmanes gustan de obsequiar a los cristianos. Metió su caballo hasta las rocas a pico a que me he referido, y lo paró junto al sitio más escarpado. »Entonces examinamos nosotros con más atención el bulto que llevaba el asno, y nos chocó la forma extraña del saco. En seguida acudieron a nuestra memoria todas las historias de mujeres ahogadas por maridos celosos, y nos comunicamos nuestras impresiones. »—Pregunta a esos granujas —dijo sir John a nuestro turco— si es una mujer lo que llevan ahí. »El turco abrió los ojos con espanto, pero no la boca. Estaba claro que juzgaba nuestra pregunta demasiado impertinente. »En este momento, llegado ya el saco cerca de nosotros, le vimos claramente moverse y hasta escuchamos una especie de lamento o gruñido que de él salía. »Tyrrel, aunque gastrónomo, es muy caballeresco. Se levantó como un loco, se precipitó sobre el asnero y le preguntó en inglés, tan turbado estaba por la cólera, lo que llevaba y lo que pretendía hacer con el saco. El asnero no se preocupó de responder; pero el saco se agitó violentamente y escuchamos gritos de mujer, a lo cual los esclavos se pusieron a dar sobre el saco fuertes golpes con las correas de que se servían para conducir el asno. Tyrrel estaba decidido a todo. De un vigoroso y científico puñetazo derribó por tierra al asnero; después cogió a un esclavo por el cuello; y en esto, el saco, empujado violentamente en la lucha, cayó con pesadez sobre la hierba. »Yo había acudido. El otro esclavo se disponía a recoger piedras, el asnero se levantaba. A pesar de mi aversión a mezclarme en los asuntos de los demás, me era imposible no ir en socorro de mi compañero. Cogí un palo que me servía para sostener mi quitasol y lo blandí, amenazando a los esclavos y al asnero, con el aire más marcial que me era posible. Todo iba bien, cuando el diablo del turco a caballo, visto ya el mar y habiéndose vuelto al escándalo que hacíamos, partió como una exhalación y cayó sobre nosotros antes de que lo hubiésemos pensado; llevaba en la mano una especie de mal cuchillo... »—¿Un ataghán? —preguntó Châteaufort, que gustaba del color local. »—Un ataghán —prosiguió Darcy con una sonrisa de aprobación—. Pasó cerca de mí, y me dio en la cabeza una cuchillada con este ataghán, que me hizo ver treinta y seis... «bujías», como tan elegantemente decía mi amigo el marqués de Roseville. Yo le respondí, sin embargo, dándole un palo en los riñones, y me puse a hacer el molinete como mejor pude, golpeando a asnero, esclavos, caballo y turco, más furioso ya que el mismo Tyrrel. El asunto hubiese, sin embargo, terminado mal para nosotros. Nuestro truchimán se mantenía neutral, y nosotros no podíamos defendemos mucho tiempo con un palo, de tres hombres de infantería, uno de caballería y un ataghán. Por fortuna, sir John se acordó de un par de pistolas que habíamos sacado. Las cogió y me arrojó una, y con la otra apuntó en seguida al jinete que nos daba tanta guerra. La aparición de estas armas y el ligero chasquido del gatillo de la pistola, produjeron un efecto mágico en nuestros enemigos, que se pusieron vergonzosamente en fuga, dejándonos dueños del campo de batalla, del saco y hasta del asno. A pesar de toda nuestra cólera, no habíamos hecho fuego, y fue suerte, pues no se mata impunemente a un buen musulmán y cuesta caro darle una paliza. »Una vez que me hube secado un poco, nuestro primer cuidado fue, como pueden ustedes imaginárselo, acudir al saco y abrirlo. Nos encontramos con una mujer bastante bonita, un poco gorda, de hermoso pelo negro, y, por todo vestido, con una camisa de lana azul, un poco menos transparente que el chal de la señora de Chaverny. »Esta mujer salió inmediatamente del saco, y no muy turbada en apariencia, nos dirigió un discurso, muy patético sin duda, pero del cual no comprendimos una palabra; después me besó la mano. Es la única vez, señoras, que una dama me ha hecho este honor. »Mientras, habíamos recobrado nuestra sangre fría. Veíamos a nuestro truchimán arrancarse la barba como un desesperado. Yo me arreglé la cabeza como mejor pude con mi pañuelo. Tyrrel decía: »—¿Qué haremos con esta mujer? Si nos quedamos aquí, volverá el marido con refuerzos y nos aplastará; si volvemos a Lárnaca con ella en esta forma, el populacho nos lapidará infaliblemente. »Tyrrel, confundido con todas estas reflexiones y recobrada ya su flema británica, exclamó: »—¡Qué demonio de idea ha tenido usted de venir a dibujar hoy! »Su exclamación me hizo reír, y la mujer, que no había comprendido nada, se puso a reír también. »Fue preciso, sin embargo, tomar una resolución. Se me ocurrió que lo mejor sería ponemos todos bajo la protección del cónsul de Francia; pero lo más difícil era entrar en Lárnaca. El día declinaba, y fue una circunstancia favorable para nosotros. Nuestro turco nos hizo dar un gran rodeo, y gracias a la noche y a esta precaución, llegamos sin tropiezo a la casa del cónsul, que está fuera de la ciudad. Se me ha olvidado decirles, que habíamos arreglado a la turca una indumentaria, casi decorosa, con el saco y el turbante de nuestro intérprete. »El cónsul nos recibió muy mal; nos dijo que éramos unos locos; que era preciso respetar los usos y costumbres de los países en que se viaja; que era preciso no poner el dedo entre el árbol y la corteza... En resumen, nos echó una buena reprimenda, y tenía razón, pues lo que habíamos hecho era suficiente para ocasionar un motín violento y una degollina de todos los francos de la isla de Chipre. »Su mujer fue más humana; había leído muchas novelas y encontraba muy generosa nuestra conducta. De hecho, nos habíamos conducido como héroes de novela. Esta excelente señora era muy devota, y pensó que convertiría fácilmente a la infiel que le habíamos llevado; que esta conversión sería mencionada en el «Monitor», y que su marido sería nombrado cónsul general. En su cabeza quedó instantáneamente dibujado este plan. Besó a la mujer turca, le dio un traje, reprochó al señor cónsul su crueldad y mandó llamar al bajá para arreglar el asunto. »El bajá vino furioso. El marido de la salvada era un personaje, y estaba echando chispas. Era una ignominia que unos perros de cristianos impidiesen que un hombre como él arrojase su esclava al mar. El cónsul pasó sus apuros; habló del rey su amo, y más aún de una fragata de sesenta cañones que acababa de aparecer en aguas de Lárnaca. Pero el argumento de más efecto fue la proposición que hizo en nuestro nombre de pagar la esclava a justo precio. »¡Ay! ¡Si ustedes supiesen lo que es el justo precio de un turco! Hubo que pagar al marido, pagar al bajá, pagar al asnero a quien Tyrrel había roto dos dientes; pagar por el escándalo, pagar por todo. ¡Cuántas veces exclamó Tyrrel dolorosamente!: »—¡Por qué diablos ir a dibujar a orillas del mar!». —¡Qué aventura, pobre Darcy! —exclamó la señora Lambert—. ¿Allí es, sin duda, donde ha recibido usted esa terrible cicatriz? Levántese usted el pelo, haga usted el favor. ¡Es un milagro que no le hayan rajado la cabeza! Julia, durante todo este relato, no había apartado la vista de la frente del narrador; por fin preguntó con voz tímida: —¿Y qué fue de la mujer? —Es justamente la parte de la historia que no me gusta contar. La continuación es tan triste para mí, que a la hora presente todavía se burlan de nuestra aventura caballeresca. —¿Era bonita la mujer? —preguntó la señora de Chaverny, ruborizándose un poco. —¿Cómo se llamaba? —preguntó la señora Lambert. —Se llamaba Emineh. —¿Bonita?... —Sí, era bastante bonita; pero demasiado gorda y demasiada pintada, según el uso de su país. Es preciso mucha costumbre para apreciar los encantos de una belleza turca. Emineh fue, pues, instalada en casa del cónsul. Era mingreliana, y dijo a la señora C***, la mujer del cónsul, que era hija de un príncipe. En aquel país, todo granuja que manda a otros diez granujas es un príncipe. Se le trató, pues, como a princesa; comía en la mesa, comía como cuatro, y cuando se le hablaba de religión solía dormirse. Esto duró algún tiempo. Por fin se fijó día para el bautismo. La señora C*** se designó para madrina, y quiso que yo fuese padrino con ella. ¡Bombones, regalos y lo demás!... Estaba escrito que esta desgraciada Emineh me arruinaría. La señora C*** decía que Emineh me quería más que a Tyrrel, porque al darme el café siempre me lo derramaba encima. Yo me preparaba para el bautismo con compunción verdaderamente evangélica, cuando la víspera de la ceremonia la bella Emineh desapareció. ¿Habré de decírselo todo a ustedes? El cónsul tenía de cocinero a un mingreliano que ciertamente era un granuja, pero que hacía admirablemente el «pilaf». Este mingreliano había agradado a Emineh, que tenía, sin duda, un patriotismo a su manera. La raptó, y al mismo tiempo le llevó a la señora una cantidad bastante considerable, que jamás volvió a recuperar. El asunto costó al cónsul su dinero, a su mujer el ajuar que había dado a Emineh y a mí los bombones, sin contar los golpes que había recibido. Lo peor es que me hicieron responsable en cierta manera de la aventura. Pretendían que era yo quien había libertado a aquella maldita mujer, a la que yo hubiese querido ver en el fondo del mar, y que había traído tantas desgracias sobre mis amigos. Tyrrel supo escurrir el bulto. Fue considerado como una víctima, siendo él solo la causa de todo el lío, y yo quedé con reputación de Quijote y la cicatriz que ustedes ven, que perjudica mucho a mis éxitos. Contada la historia, volvieron al salón. Darcy charló algún tiempo con la señora de Chaverny, y fue después obligado a abandonarla para que le presentasen a un joven muy sabio en economía política, que estudiaba para ser diputado y deseaba tener informes estadísticos sobre el Imperio otomano. X Julia, después que Darcy la hubo abandonado, miraba con frecuencia al reloj. Escuchaba a Châteaufort distraídamente, y sus ojos buscaban sin querer a Darcy, que charlaba en el otro extremo del salón. Algunas veces él la miraba sin dejar de hablar con el joven de las estadísticas, y ella no podía soportar su mirada penetrante, aunque tranquila. Sentía que había adquirido un imperio extraordinario sobre ella, y no pensaba sustraerse a él. Por fin pidió el coche, y ya sea intencionadamente, ya por preocupación, lo pidió mirando a Darcy con una mirada que quería decir: «Ha perdido usted una media hora que hubiéramos podido pasar juntos». Darcy continuaba hablando, pero parecía muy fatigado y aburrido del interrogatorio, que no llevaba camino de acabar. Julia se levantó lentamente, estrechó la mano de la señora Lambert y se dirigió hacia la puerta del salón, sorprendida y casi picada, de ver a Darcy continuar en el mismo sitio. Châteaufort estaba cerca de ella y le ofreció su brazo, que ella tomó sin escucharle y casi sin darse cuenta de su presencia. Atravesó el vestíbulo, acompañada de la señora Lambert y de algunas personas que la acompañaron hasta el coche. Darcy se había quedado en el salón. Cuando se hubo sentado en el coche, Châteaufort le preguntó sonriendo si no tendría miedo de verse sola de noche por los caminos, añadiendo que iba a seguirla de cerca en su tilbury en cuanto el comandante Perrin hubiese acabado su partida de billar. Julia, que se hallaba completamente ensimismada, se despertó al sonido de su voz, pero no había comprendido nada. Hizo lo que toda mujer hubiese hecho en caso semejante: sonrió. Después, con un movimiento de cabeza, dijo adiós a las personas reunidas en la escalinata, y sus caballos la arrastraron rápidos. Pero precisamente al arrancar el coche, había visto a Darcy salir del salón, pálido, con aire triste y los ojos fijos en ella, como si le pidiese una despedida especial. Partió con el sentimiento de no haberle podido dirigir un movimiento de cabeza para él solo, y hasta pensó que se habría molestado por ello. Ya se le había ido de la memoria que había dejado a otros el cuidado de conducirla al coche; ahora las culpas estaban de su parte, y se las reprochaba como un gran crimen. El sentimiento que había experimentado por Darcy algunos años antes era mucho menos vivo que el que ahora abrigaba. Era que no solo los años habían dado fuerza a sus impresiones, sino que las acrecentaba además toda la cólera acumulada contra su marido. Acaso también la especie de capricho que había sentido por Châteaufort, desde luego completamente olvidado en este momento, la había preparado a abandonarse sin excesivos remordimientos a la pasión mucho más viva que experimentaba por Darcy. En cuanto a él, sus pensamientos eran de una naturaleza mucho más tranquila. Había encontrado con gusto una mujer bonita que le traía recuerdos felices, y cuya amistad le sería seguramente agradable para el invierno que iba a pasar en París. Pero una vez que no la tenía ya delante, solo le quedaba el recuerdo de algunas horas pasadas alegremente, recuerdo cuya dulzura era, por otra parte, contrarrestada por la perspectiva de acostarse tarde y de recorrer cuatro leguas para hallar su lecho. Dejémosle abandonado a estas ideas prosaicas, envolverse cuidadosamente en su capa y acomodarse a gusto y de lado en su cupé de alquiler, errando en sus pensamientos del salón de la señora de Lambert a Constantinopla, de Constantinopla a Corfú y de Corfú a un sueño ligero. Querido lector: seguiremos, si gustas, a la señora de Chaverny. XI Cuando Julia abandonó el castillo de la señora de Lambert, la noche era horriblemente oscura, la atmósfera pesada y asfixiante. De cuando en cuando, los relámpagos, iluminando el paisaje, dibujaban las siluetas negras de los árboles sobre un fondo anaranjado lívido. La oscuridad parecía redoblar después de cada relámpago, y el cochero no veía la cabeza de sus caballos. Pronto estalló una tempestad violenta. La lluvia que caía, primero en gotas gruesas y raras, se cambió pronto en un verdadero diluvio. Por todos lados el cielo se iluminaba, y la artillería celeste comenzaba a hacerse ensordecedora. Los caballos, asustados, resoplaban fuertemente y se encabritaban en lugar de avanzar; pero el cochero había comido muy bien; su grueso gabán, y sobre todo el vino que había bebido, le impedían temer el agua y los malos caminos. Sacudía enérgicamente su látigo sobre los pobres animales, no menos intrépido que César en la tempestad cuando decía a su piloto: «¡Llevas a César y a su fortuna!». La señora de Chaverny, como no sentía miedo del trueno, no se preocupaba de la tormenta. Se repetía todo lo que Darcy le había dicho, y lamentaba no haberle dicho cien cosas que hubiese podido decirle, cuando de repente fue interrumpida en sus meditaciones por un choque violento que recibió su coche; al mismo tiempo, los cristales saltaron en pedazos y se escuchó un crujido de mal augurio: la carretela se había precipitado en un foso. Julia no sufrió más percance que el miedo. Pero la lluvia no cesaba; una rueda se había roto; los faroles se habían apagado y no se veía por los alrededores una sola casa para guarecerse. El cochero juraba, el lacayo maldecía al cochero y decía pestes de su torpeza. Julia permanecía en el coche preguntando cómo se podría volver a P... o lo que debía hacerse. Pero a cada una de sus preguntas, recibía esta respuesta desesperante. —¡Es imposible! En esto, oyose de lejos el ruido sordo de un coche que se acercaba. Pronto el cochero de la señora de Chaverny reconoció, con gran satisfacción suya, uno de sus colegas, con el cual había establecido los fundamentos de una tierna amistad en casa de la señora Lambert y le gritó que se detuviese. El coche se detuvo y, apenas pronunciado el nombre de la señora de Chaverny, un hombre joven que ocupaba el cupé abrió él mismo la portezuela, y gritando: «¿Está herida?», se echó fuera y se puso de un salto al lado de la carretela de Julia. Ella reconoció a Darcy: le esperaba. Sus manos se encontraron en la oscuridad, y Darcy creyó sentir que la señora de Chaverny apretaba la suya; pero era probablemente un efecto del miedo. Después de la primera pregunta, Darcy ofreció con naturalidad su coche. Julia no respondió al principio, pues se hallaba muy indecisa respecto al partido que debía tomar. De un lado, pensaba en las tres o cuatro leguas que habría de recorrer a solas con un hombre joven, si quería ir a París; por el otro, si volvía al castillo para pedir hospitalidad a la señora Lambert se estremecía ante la idea de contar el novelesco accidente del coche atascado y del socorro ofrecido por Darcy. Presentarse en el salón en medio de la partida de «_whist_», salvada por Darcy como la mujer turca... no había que pensar en ello. ¡Pero también tres largas leguas hasta París! Mientras, ella flotaba así en la incertidumbre y balbuceaba con bastante torpeza algunas frases triviales sobre la molestia que iba a causar, Darcy, que parecía leer en el fondo de su corazón, le dijo fríamente: —Tome usted mi coche, señora; yo permaneceré en el suyo hasta que pase alguien para París. Julia, temiendo mostrar demasiada gazmoñería, se apresuró a aceptar el primer ofrecimiento, pero no el segundo. Y como su resolución fue repentina no tuvo tiempo de decidir de si irían a P... o a París. Estaba ya en el cupé de Darcy, envuelta en su capa, que él se apresuró a darle, y los caballos trotaban vivamente hacia París antes de que hubiese pensado en decir dónde quería ir. Su criado había elegido por ello, dándole al cochero el nombre y la calle de su ama. Comenzaron la conversación cohibidos. El tono de voz de Darcy era breve y parecía anunciar un poco de mal humor. Julia imaginó que su resolución le había chocado y que la tenía por una gazmoña ridícula. Hasta tal punto se hallaba bajo la influencia de aquel hombre, que se dirigía interiormente vivos reproches y solo pensaba en disipar aquel movimiento de mal humor de que ella se acusaba. El traje de Darcy estaba mojado; lo advirtió, y despojándose inmediatamente de su capa exigió que se cubriese con ella. Entablose con tal motivo un pugilato de generosidad, de donde resultó que, adoptando un término medio, cada uno obtuvo una parte de la capa. ¡Imprudencia enorme que no hubiese cometido sin aquel momento de vacilación que quería hacerse perdonar! Estaban tan cerca uno de otro, que la mejilla de Julia podía sentir el calor del aliento de Darcy. Las sacudidas del coche los aproximaban aun más a veces. —Esta capa que nos envuelve a los dos, me recuerda —dijo Darcy— las charadas de otro tiempo. ¿Se acuerda usted de haber sido mi Virginia cuando nos pusimos los dos la manteleta de su abuela? —Sí, y del regaño con que me castigó por eso. —¡Ah! —exclamó Darcy—, ¡qué tiempo tan feliz aquel! Cuántas veces he pensado con tristeza y gusto en nuestras divinas reuniones de la calle Bellechasse. ¿Se acuerda usted de las hermosas alas de buitre que le ataron con cintas rosas, y el pico de papel dorado que yo le fabriqué con tanto primor? —Sí —respondió Julia—. Usted era Prometeo y yo el buitre. ¡Pero qué memoria tiene usted! ¿Cómo puede usted acordarse de todas estas locuras? ¡Porque hace tanto tiempo que no nos hemos visto! —Si me pide usted un cumplido... —dijo Darcy sonriendo y adelantándose de manera que la miraba de frente. Y con tono más serio: —En verdad —prosiguió—, no es extraño que haya conservado recuerdo de los más felices momentos de mi vida. —¡Qué talento tenía usted para las charadas!... —dijo Julia, temiendo que la conversación tomase un giro demasiado sentimental. —¿Quiere usted que le dé otra prueba de mi memoria? —interrumpió Darcy—. ¿Se acuerda usted de nuestro tratado de alianza en casa de la señora Lambert? Nos habíamos prometido hablar mal de todo el universo; pero en cambio sostenernos mutuamente contra todos... Pero nuestro tratado ha corrido la suerte de casi todos los tratados; no ha sido ejecutado. —¿Qué sabe usted? —¡Ay!, imagino que no ha tenido usted muchas ocasiones de defenderme; una vez alejado de París, ¿quién iba a ocuparse de mí? —De defenderle..., no..., pero de hablar de usted a sus amigos... —¡Oh, mis amigos! —exclamó Darcy con sonrisa algo melancólica—, no los tenía en aquella época o, por lo menos, que usted conociese. Los jóvenes que trataba su madre de usted me odiaban, no sé por qué, y en cuanto a las mujeres, pensaban poco en el señor agregado del ministerio de Negocios Extranjeros. —Es que usted no les hacía caso. —Es verdad. Nunca he sabido ser amable con personas a quienes no quería. Si la oscuridad hubiera permitido ver el rostro de Julia, Darcy hubiese podido ver que un vivo rubor se había extendido sobre sus facciones al oír esta última frase, a la cual ella había dado un sentido en que acaso Darcy no pensaba. De cualquier modo, abandonando el terreno de los recuerdos demasiado bien guardados por una y otro, Julia quiso llevarle a sus viajes, esperando que por este medio se vería dispensada de hablar. El procedimiento resulta casi siempre con los viajeros, sobre todo con los que han visitado un país lejano. —¡Qué hermoso viaje ha hecho usted! —dijo—, y cuánto siento no haber podido hacer nunca uno parecido. Pero Darcy no se hallaba en vena narrativa. —¿Quién es ese joven de bigotes —preguntó bruscamente— que hace poco hablaba con usted? Esta vez Julia se ruborizó todavía más. —Es un amigo de mi marido —respondió—, un oficial de su regimiento... Dicen —prosiguió sin querer abandonar su tema oriental— que quien ha visto ese hermoso cielo azul de oriente, no puede ya vivir en otra parte. —Me ha desagradado horriblemente, no sé por qué... Hablo del amigo de su marido, no del cielo azul... En cuanto a ese cielo azul, señora, ¡Dios le preserve a usted de él! Se acaba por tomarle tal asco a fuerza de verlo siempre lo mismo, que se admiraría como el más bello de los espectáculos una bruma de París. Nada irrita más los nervios, créame usted, que ese cielo azul, que ayer estaba azul y que será azul mañana ¡Si usted supiera con qué impaciencia, con qué desengaño, siempre renovado, se espera ansiosamente una nube! —Y, sin embargo, usted ha permanecido mucho tiempo bajo ese cielo azul. —Pero, señora, me era bastante difícil evitarlo. Si hubiese podido seguir nada más que mi inclinación, hubiera vuelto muy de prisa a los alrededores de la calle Bellechasse, después de haber satisfecho el pequeño impulso de curiosidad que deben excitar necesariamente las cosas extrañas de oriente. —Creo que muchos viajeros dirían lo mismo si fueran tan francos como usted... ¿Cómo se pasa el tiempo en Constantinopla y en las demás ciudades de oriente? —Allí, como en todas partes, hay varias maneras de matar el tiempo. Los ingleses, beben; los franceses, juegan; los alemanes, fuman, y algunos espíritus inquietos, para variar sus distracciones, corren el riesgo de recibir algún balazo trepando sobre los tejados para atisbar a las mujeres del país. —A esta última ocupación daría usted probablemente la preferencia. —Nada de eso. Estudiaba el turco y el griego, cosa que me cubría de ridículo. Cuando había terminado los despachos de la embajada, dibujaba, iba a caballo a las Aguas Dulces, y paseaba por las orillas del mar a ver si venía alguna figura humana de Francia o de cualquier otra parte. —¿Debía ser un gran placer para usted ver un francés a tan gran distancia de Francia? —Sí; pero por un hombre inteligente, ¡cuántos mercaderes de quincalla y de cachemira no nos venían!; o, lo que es peor, jóvenes poetas, que, apenas divisaban de lejos a alguien de la embajada, le gritaban: «Lléveme usted a ver las ruinas, lléveme usted a Santa Sofía, condúzcame por las montañas, al mar azul; querría ver los lugares en que Hero suspiraba.» Después, cuando han pescado una buena insolación, se encierran en su cuarto y no quieren ver nada más que los últimos números de «El Constitucional». —Lo ve usted todo por el lado malo, según su vieja costumbre. ¿Sabe usted que no se ha corregido? Continúa siendo tan burlón como siempre. —Dígame, señora; ¿no estará permitido a un condenado, que se fríe en una sartén, divertirse un poco a expensas de sus compañeros de fritura? Le aseguro, que no sabe todo lo miserable que es la vida que llevamos por allá. Nosotros, los secretarios de Embajada, nos parecemos a las golondrinas, que no reposan nunca. Para nosotros no existen esas relaciones íntimas que constituyen la felicidad de la vida..., me parece. (Pronunció estas últimas palabras con un acento singular y acercándose a Julia). Desde hace seis años no he encontrado a nadie con quien pudiese cambiar mis pensamientos. —¿Es que no tenía usted amigos por allí? —Acabo de decirle que es imposible tenerlos en país extranjero. Había dejado a dos en Francia. El uno, ha muerto; el otro, se encuentra en América, de donde no volverá hasta dentro de algunos años, y si la fiebre amarilla no se queda con él. —¿De suerte que está usted solo? —Solo. —Y la sociedad de las mujeres, ¿cómo es en oriente? ¿No le ofrece a usted ningún recurso? —¡Oh! Esta parte es la peor de todas. En las mujeres turcas no hay que pensar. De las griegas y las armenias lo mejor que puede decirse en su alabanza es que son muy bonitas. En cuanto a las mujeres de los cónsules y los embajadores, permítame usted que no le hable de ellas. Es una cuestión diplomática, y si dijese lo que pienso, pudiera causarme perjuicio en el ministerio. —Me parece que no tiene usted mucho cariño a su carrera. ¡Con qué ardor deseaba usted en otro tiempo entrar en la diplomacia! —No conocía aún el oficio. Ahora quisiera ser inspector de los fangos de París. —¡Dios mío! ¿Cómo puede usted decir eso? ¡París! ¡El sitio más fastidioso de la tierra! —No blasfeme usted. Quisiera escuchar su palinodia en Nápoles, después de pasar dos años en Italia. —Ver Nápoles, es lo que más quisiera en el mundo —respondió ella suspirando...—, siempre que mis amigos estuviesen conmigo. —¡Oh! Con esa condición yo daría la vuelta al mundo. ¡Viajar con los amigos! Es como si se quedase uno en su salón, mientras pasara el mundo por delante de las ventanas, como un panorama que se desenvuelve. —¡Pues bien! Si es pedir demasiado, quisiera viajar con uno..., con dos amigos solamente. —Por mi parte, no soy tan ambicioso; no quisiera más que uno solo, o una sola —añadió sonriendo—. Pero es una dicha que nunca he tenido..., y que no tendré —continuó con un suspiro. Y en tono más alegre—: En verdad he sido poco afortunado. Nunca he deseado vivamente más que dos cosas, y no he podido conseguirlas. —¿Cuáles eran? —¡Oh! Nada muy singular. Por ejemplo, he deseado con pasión poder bailar con alguien... He hecho estudios profundos sobre el baile. Me he ejercitado durante meses enteros, solo, para vencer el mareo que nunca dejaba de presentarse, y cuando he llegado a no sufrir ya vértigos... —¿Y con quién deseaba usted bailar? —¿Si le dijera que con usted?... Y cuando me había hecho, a fuerza de trabajo, un bailarín consumado, la abuela de usted, que acababa de tomar un confesor jansenista, prohibió el baile por una orden del día que tengo aún sobre el corazón. —¿Y su segundo deseo?... —preguntó Julia muy turbada. —Mi segundo deseo, voy a confiárselo. Hubiera querido, era demasiada ambición, ser amado..., pero amado... Era antes del baile cuando lo deseaba; no sigo el orden cronológico... Hubiera querido ser amado por una mujer que me hubiera preferido a un baile —el más peligroso de todos los rivales—; por una mujer a quien hubiese podido ir a ver con las botas sucias, en el momento en que se dispusiese a montar en coche para ir al baile. Estaría elegantemente vestida y me diría: «Nos quedaremos». Pero esto era una locura. No se deben pedir cosas imposibles. —¡Qué malo es usted! ¡Siempre las observaciones irónicas! Nada encuentra indulgencia en usted. Es usted implacable con las mujeres. —¡Yo! ¡Dios me libre! De mí mismo es de quien me lamento. ¿Es hablar mal de las mujeres sostener que prefieren una noche agradable... a quedarse a solas conmigo? —¡Un baile! ¡Un traje elegante!... ¡Ah! ¡Dios mío!... ¿A quién le gusta un baile ahora? No pensaba en defender a todo su sexo de tales acusaciones; creía escuchar el pensamiento de Darcy, y la pobre mujer no escuchaba más que su propio corazón. —A propósito de trajes y de baile, ¡qué lástima que no estemos en carnaval! He traído un traje de mujer griega admirable, y que le sentaría a usted a maravilla. —Hágame usted un dibujo para mi álbum. —Con mucho gusto. Verá usted qué progresos he hecho desde la época en que emborronaba muñecos sobre la mesa de té de su madre. A propósito, señora; tengo que felicitarle; esta mañana me han dicho en el ministerio que el señor de Chaverny iba a ser nombrado gentilhombre de cámara. Me he alegrado mucho. Julia se estremeció involuntariamente. Darcy prosiguió sin advertir este movimiento. —Permítame usted que desde este momento solicite su protección... Pero, en el fondo, no estoy muy contento de su nueva dignidad. Temo que se vea usted obligada a vivir en Saint-Cloud durante el verano, y entonces tendré menos a menudo el honor de verla. —Jamás iré a Saint-Cloud —dijo Julia con voz muy conmovida. —¡Oh! Mucho mejor, pues París, como ve usted, es el paraíso, de donde es menester salir solo para ir a comer de vez en cuando en casa de la señora Lambert, a condición de volver por la noche. ¡Qué fortuna la suya, señora, vivir siempre en París! Yo, que no estaré aquí acaso más que por poco tiempo, no tiene usted idea de lo dichoso que me siento en el pequeño cuarto que mi tía me ha dado. Y usted, según me han dicho, vive en el barrio Saint-Honoré. Me han indicado su casa. Debe usted tener un jardín delicioso, si la manía de construir no ha cambiado ya sus avenidas en tiendas. —No; mi jardín está todavía intacto, gracias a Dios. —¿Qué día recibe usted, señora? —Estoy en casa casi todas las noches. Tendría mucho gusto en que viniese usted a verme algunas veces. —Usted ve, señora, que me conduzco como si nuestra antigua «alianza» subsistiese todavía. Me invito a mí mismo sin ceremonia y sin presentación oficial. Usted me perdonará, ¿verdad? No conozco en París más que a usted y a la señora Lambert. Todo el mundo me ha olvidado; pero estas dos casas son las únicas que he recordado con sentimiento en mi destierro. Su salón, sobre todo, debe de ser delicioso. ¡Usted elige tan bien sus amigos!... ¿Se acuerda usted de los proyectos que en otro tiempo hacía para cuando fuese ama de casa? Un salón inaccesible a los fastidiosos; música algunas veces, siempre conversación, y hasta muy tarde; nada de gentes con pretensiones, un pequeño número de personas que se conocen perfectamente y que, por tanto, no procuran mentir ni causar efecto. Dos o tres mujeres simpáticas además (es imposible que sus amigas no lo sean), y su casa es la más agradable de París. Sí; es usted la más dichosa de las mujeres y hace usted felices a todos los que la rodean. Mientras hablaba Darcy, Julia pensaba que esta dicha, descrita por él con tanta vivacidad, hubiese ella podido alcanzarla de haberse casado con otro hombre... Con Darcy, por ejemplo. En lugar de este salón imaginario, tan elegante y tan agradable, pensaba en las gentes fastidiosas que Chaverny le había llevado. En vez de las conversaciones tan alegres, recordaba las escenas conyugales como la que le había conducido a P... Se veía desdichada para siempre, atada de por vida a un hombre hacia quien sentía odio y desprecio; mientras aquel a quien encontraba el más amable del mundo, aquel a quien hubiese querido encomendar el cuidado de hacerla dichosa, debía ser siempre un extraño para ella. Su deber era esquivarlo, separarse de él... y estaba tan cerca de ella que el revés de su traje estrujaba las mangas de su vestido. Darcy continuó pintando los placeres de la vida de París con toda la elocuencia que le daba una larga privación. Julia entretanto sentía correr las lágrimas a lo largo de sus mejillas. Temblaba a la idea de que Darcy lo advirtiese y la fuerza que se hacía acrecentaba la violencia de su emoción. Se ahogaba; no se atrevía a hacer un movimiento. Al fin, se le escapó un sollozo, y todo fue perdido. Cayó con la cabeza entre las manos, medio sofocada por las lágrimas y la vergüenza. Darcy, que estaba bien lejos de esperar tal cosa, se quedó muy asombrado. Por un momento la sorpresa selló su boca; pero como los sollozos redoblaban, creyose obligado a hablar y a preguntar la causa de aquel llanto tan repentino. —¿Qué tiene usted, señora? Por Dios, señora, respóndame usted: ¿qué le ocurre? Y como, la pobre Julia, a todas estas preguntas apretaba con más fuerza el pañuelo sobre sus ojos, cogiole la mano y, apartando suavemente el pañuelo: —Señora, por favor —dijo con un tono de voz alterado que penetró a Julia hasta el fondo del corazón—. Por favor, ¿qué tiene usted? ¿Le habré ofendido involuntariamente? Me desespera usted con su silencio. —¡Ah! —exclamó Julia no pudiendo contenerse más—. ¡Soy muy desgraciada! Y sollozó con más fuerza. —¡Desgraciada! ¿Cómo?... ¿Por qué?... ¿Quién puede hacerla desgraciada? Respóndame usted. Hablando así, estrechábale las manos y su cabeza tocaba casi a la de Julia, que lloraba en lugar de responder. Darcy no sabía qué pensar; pero le conmovían sus lágrimas. Sentíase rejuvenecido en seis años, y comenzaba a entrever que en un porvenir que no se había presentado aún a su imaginación, podría bien pasar del papel de confidente a otro más elevado. Como se obstinase en no responder, Darcy, temiendo que se pusiese mala, bajó uno de los cristales del coche, desató las cintas del sombrero de Julia, apartó su capa y su chal. Los hombres resultan torpes para estos menesteres. Quería mandar detener el coche en una aldea. Llamaba ya al cochero, cuando Julia, cogiéndole por el brazo, le suplicó que no hiciese parar, y le aseguró que se sentía mucho mejor. El cochero no había oído nada, y continuaba dirigiendo sus caballos hacia París. —Pero le ruego, querida señora de Chaverny —dijo Darcy, volviendo a tomar una mano que había abandonado un momento—, le suplico, dígame, ¿qué tiene usted? ¡No comprendo cómo he podido tener la desdicha de haberle lastimado! —¡Ah! ¡No es usted! —exclamó Julia. Y le estrechó un poco la mano. —Pues bien, dígame: ¿quién puede hacerla llorar así? Hábleme usted con confianza. ¿No somos antiguos amigos? —añadió sonriendo y estrechando a su vez la mano de Julia. —Usted me hablaba de la felicidad de que me creía rodeada... ¡Y esa felicidad está tan lejos de mí! —¡Cómo! ¿No tiene usted todos los elementos de la felicidad?... Es usted joven, rica, bonita... Su marido ocupa un rango distinguido en la sociedad... —¡Lo detesto! —exclamó Julia fuera de sí—. ¡Lo desprecio! Y escondió su rostro en el pañuelo, sollozando más fuerte que nunca. —¡Oh!, ¡oh! —pensó Darcy—, esto se pone muy serio. Y aprovechando con destreza todas las sacudidas del coche para acercarse más a la desdichada Julia: —¿Por qué —le decía con la voz más dulce y más tierna del mundo—, por qué afligirse de ese modo? Un ser que usted desprecia ¿ha de ejercer tan grande influencia sobre su vida? ¿Por qué le permite que él solo envenene su vida? ¿Es a él a quien debe usted pedir esa felicidad?... Y le besó la punta de los dedos; mas como ella retiró en seguida su mano con terror, temió haber ido demasiado lejos... Pero decidido a ver el fin de la aventura, le dijo suspirando de una manera bastante hipócrita: —¡Cuánto me he engañado! Cuando supe su matrimonio, creí que el señor de Chaverny le agradaba realmente. —¡Ah!, señor Darcy, ¡nunca me ha conocido usted! El tono de su voz decía claramente: Siempre le he amado y usted no ha querido darse cuenta. La pobre mujer creía en este momento, con la mejor fe del mundo, que había siempre amado a Darcy, durante los seis años transcurridos, con tanto amor como sentía por él en este momento. —¡Y usted! —exclamó Darcy animándose—, usted señora, ¿me ha conocido alguna vez? ¿Ha sabido usted cuáles eran mis sentimientos? ¡Ah!, si me hubiese usted conocido mejor, ahora seríamos sin duda felices uno y otro. —¡Qué desdichada soy! —repitió Julia con llanto redoblado y apretándole la mano con fuerza. —Pero aun cuando me hubiese usted comprendido, señora —continuó Darcy con la expresión de melancolía irónica que le era habitual—, ¿de qué hubiese servido? Yo carecía de fortuna; la de usted era considerable. Su madre me hubiese rechazado con desdén. Estaba de antemano condenado. Usted misma, sí, usted, Julia, antes que una fatal experiencia, no le hubiese mostrado dónde está la verdadera dicha, se hubiese reído de mi presunción, y un coche reluciente, con una corona de conde en las portezuelas, hubiese sido entonces, sin duda, el medio más seguro de agradarle. —¡Oh, Dios mío! ¡Y también usted! ¿Nadie tendrá compasión de mí? —¡Perdóneme, mi querida Julia! —exclamó muy conmovido él también—; perdóneme, se lo suplico. Olvide estos reproches. No, no tengo yo derecho a hacérselos. Soy más culpable que usted... No he sabido apreciarla. La he creído débil como las mujeres del mundo en que vivía; he dudado de su valor, querida Julia, y ¡me veo cruelmente castigado por ello! Besaba con ardor sus manos, que ella no retiraba ya; iba a abrazarla sobre su pecho... pero Julia le rechazó con una viva expresión de terror y se alejó de él todo lo que podía permitirle el espacio del coche. Entonces Darcy, con una voz cuya misma dulzura hacía más patética la expresión: —Dispénseme usted, señora, me había olvidado de París. Ahora me acuerdo que aquí se va al matrimonio, pero que no se ama. —¡Oh!, sí, yo le amo —murmuró ella sollozando—; y dejó caer su cabeza sobre el hombro de Darcy. Darcy la apretó sobre sus brazos con efusión, procurando detener sus lágrimas con besos. Ella procuró aún sustraerse a su abrazo, pero este esfuerzo fue el último que intentó. XII Darcy, se había engañado sobre la naturaleza de su emoción. Hay que decirlo: no estaba enamorado. Había aprovechado una buena fortuna, que parecía venírsele encima y que merecía que no se la dejase escapar. Por otra parte, como todos los hombres, era mucho más elocuente para pedir que para dar las gracias. Pero, con todo, era hombre educado, y la educación desempeña a veces el papel de sentimientos más respetables. Pasado el primer movimiento de embriaguez, vertía en los oídos de Julia frases tiernas que componía sin excesivo esfuerzo, acompañándolas con numerosos besos en las manos, que le dispensaban de otras tantas palabras. Veía sin pena que el coche estaba ya a la entrada de París y que dentro de pocos minutos iba a separarse de su conquista. El silencio de la señora de Chaverny, el anonadamiento en que parecía sumida, hacían difícil y aun fastidiosa, si puedo atreverme a decirlo, la posición de su nuevo amante. Ella estaba inmóvil, en un rincón del coche, apretando maquinalmente el chal contra su seno. No lloraba ya; sus ojos estaban fijos, y cuando Darcy le tomaba la mano para besársela, esta mano, no bien abandonada, volvía a caer sobre sus rodillas como muerta. No hablaba, apenas escuchaba; pero una multitud de pensamientos desgarradores se presentaban de golpe a su espíritu, y, si quería expresar uno, al momento venía otro a cerrarle la boca. ¿Cómo traducir el caos de estos pensamientos, o más bien de estas imágenes que se sucedían con tanta rapidez como los latidos de su corazón? Creía escuchar en sus oídos palabras sin enlace y sin continuidad; pero todas con un sentido terrible. Por la mañana había acusado a su marido, era vil a sus ojos; ahora ella era cien veces más despreciable. Le parecía que su vergüenza era pública. La querida del duque de H*** la rechazaría a su vez. — La señora Lambert, todos sus amigos, no querrían verla más. — ¿Y Darcy? — ¿La amaba? —Apenas la conocía. — La había olvidado. — No la había reconocido de pronto. — Acaso la había encontrado muy cambiada. — Estaba frío con ella. — El golpe de gracia. — Su pasión por un hombre a quien apenas conocía, que no le había mostrado amor... sino solo cortesía. — Era imposible que la amase. — Y ella misma, ¿le amaba? — No, puesto que se había casado cuando apenas acababa de partir. Al entrar el coche en París, los relojes daban la una. A las cuatro había visto a Darcy por primera vez. — Sí, «visto»; no podía decir «vuelto a ver»... Había olvidado sus facciones, su voz; era un extraño para ella... ¡Nueve horas más tarde era su amante!... Nueve horas habían bastado para esta singular fascinación... habían bastado para que quedase deshonrada a sus propios ojos, a los ojos de Darcy mismo; pues ¿qué podía él pensar de una mujer tan débil? ¿Cómo no despreciarla? A veces la dulzura de voz de Darcy, las palabras tiernas que le dirigía, la reanimaban un poco. Entonces se esforzaba en creer que realmente sentía el amor de que le hablaba. No se había rendido tan fácilmente. — Su amor venía de mucho tiempo atrás, cuando Darcy la había abandonado. — Darcy debía saber que ella no se había casado más que por el despecho que su partida le había hecho sentir. — La culpa estaba de parte de Darcy. — Con todo, él la había amado durante su larga ausencia, y a su vuelta había tenido la dicha de encontrarla tan constante como él. — La franqueza de su confesión, su debilidad misma, debían agradar a Darcy, que detestaba el disimulo. — Pero lo absurdo de estos razonamientos le saltaba pronto a la vista. — Las ideas consoladoras se desvanecían y quedaban presa de la vergüenza y la desesperación. Hubo un momento en que quiso expresar lo que sentía. Acababa de imaginarse que se hallaba proscrita por la gente, abandonada por la familia. Después de haber ofendido tan gravemente a su marido, su altivez no le permitía volverlo a ver jamás. «Darcy me ama —se dijo—; yo solo a él puedo amar. Sin él no puedo ser dichosa. Seré feliz en todas partes con él. Vamos juntos a cualquier sitio donde jamás pueda ver una cara que me haga sonrojarme. Que me lleve con él a Constantinopla...». Darcy estaba a cien leguas de adivinar lo que pasaba en el corazón de Julia. Había observado que entraban en la calle donde vivía la señora de Chaverny y se ponía sus guantes con mucha sangre fría. —A propósito —dijo—, es preciso que sea presentado oficialmente al señor de Chaverny... Supongo que seremos pronto buenos amigos. Presentado por la señora Lambert, estaré en buena situación en tu casa. Mientras tanto, puesto que está en el campo, ¿puedo volverte a ver? La palabra expiró en los labios de Julia. Cada palabra de Darcy era una puñalada. ¿Cómo hablar de fuga, de rapto, a este hombre tan tranquilo, tan frío, que solo pensaba en arreglar sus relaciones para el verano de la manera más cómoda? Rompió con rabia la cadena de oro que llevaba al cuello y retorció los anillos entre los dedos. El coche se detuvo a la puerta de la casa que habitaba. Darcy se mostró muy solícito para arreglarle el chal sobre los hombros, para colocar su sombrero de un modo conveniente. Cuando se abrió la portezuela, le presentó la mano del modo más respetuoso, pero Julia se arrojó del coche sin querer apoyarse en él. —Le pediría permiso, señora —dijo inclinándose profundamente—, para venir a preguntar por usted. —¡Adiós! —dijo Julia con voz ahogada. Darcy volvió a su cupé y mandó que le condujesen a su casa, silbando con el aire de un hombre muy satisfecho de la jornada. XIII No bien en su cuarto de soltero, Darcy se puso una bata turca, calzó sus chinelas y cargando de tabaco de Latakié una larga pipa, cuyo tubo era de cerezo de Bosnia con boquilla de ámbar blanco, se puso en disposición de saborearla arrellenándose en una gran butaca guarnecida de tafilete y convenientemente rellena. A las personas que se asombren viéndole en esta vulgar ocupación, cuando quizá hubiese debido soñar más poéticamente, responderé que una buena pipa es útil, si no necesaria, para el ensueño, y que el verdadero medio de saborear bien una dicha, es asociarla a otra dicha. Un amigo mío, hombre muy sensual, no abría nunca una carta de su amante sin haberse quitado la corbata, atizado el fuego si era invierno y echarse sobre un cómodo sofá. —En verdad —se dijo Darcy— hubiera sido un imbécil si, siguiendo el consejo de Tyrrel, hubiese comprado una esclava griega para traerla a París. ¡Caramba!; hubiera sido, como decía mi amigo Haleb-Effendi, llevar higos a Damasco. Gracias a Dios, la civilización ha marchado de prisa durante mi ausencia, y no parece que la rigidez sea llevada a la exageración... ¡Ese pobre Chaverny!... ¡Ah! ¡Ah! Sin embargo, si hace algunos años hubiese sido lo bastante rico, me hubiese casado con Julia, y acaso sería Chaverny quien la hubiese acompañado esta noche. Si alguna vez me caso, haré revisar a menudo el coche de mi mujer, para que no tenga necesidad de caballeros andantes que la saquen de los atascos... Veamos, recordemos. De cualquier manera, es una mujer muy bonita, simpática, y si yo no fuese tan viejo como soy, ¡me podría permitir creer en mi propio mérito!... ¡Ah! ¡Mi prodigioso mérito! ¡Ay! ¡Ay! Dentro de un mes, acaso mi mérito estará a la altura del de ese señor de los bigotes... ¡Ah! ¡Hubiese querido que aquella pequeña Nastasia, a quien he amado tanto, supiese leer y escribir y pudiese hablar de las cosas con las gentes educadas, pues creo que es la única mujer que me ha querido!... ¡Pobre muchacha!... Su pipa se apagó y en seguida se quedó dormido. XIV Al entrar en sus habitaciones, Julia recogió todas sus fuerzas para decir con aire natural a su doncella que no la necesitaba y que la dejase sola. En cuanto hubo salido la muchacha, se arrojó sobre el lecho y se puso a llorar con más amargura, ahora que se encontraba sola, que cuando la presencia de Darcy la obligaba a reprimirse. La noche tiene ciertamente una influencia muy grande, tanto sobre las penas morales como sobre los dolores físicos. Da a todo un tono lúgubre, y las imágenes que de día serían indiferentes y aun risueñas, nos inquietan y nos atormentan por la noche, como espectros que solo tienen poder en las tinieblas. Parece como si durante la noche redoblase su actividad el pensamiento y perdiese la razón su imperio. Una especie de fantasmagoría interior nos turba y nos espanta, sin que tengamos fuerza para apartar la causa de nuestros terrores o para examinar fríamente su realidad. Representaos a la pobre Julia echada sobre el lecho, medio vestida, agitándose sin cesar, tan pronto devorada por un calor ardiente como helada por un escalofrío agudo, estremeciéndose al menor crujido de las maderas y escuchando distintamente los latidos de su corazón. De su posición solo conservaba una angustia vaga, cuya causa buscaba en vano. Después, súbitamente, el recuerdo de esta noche fatal pasaba por su espíritu, rápido como un relámpago, y con él despertaba un dolor vivo y penetrante como el de un hierro enrojecido en una herida cicatrizada. Tan pronto miraba la lámpara, observando con atención estúpida todas las vacilaciones de la llama, hasta que las lágrimas que se amontonaban en sus ojos, no sabía por qué, le impedían ver la luz. —¿Por qué estas lágrimas? —se decía—. ¡Ah! ¡Estoy deshonrada! Tan pronto contaba las borlas de las cortinas del lecho, sin que pudiese nunca retener su número. —¿Qué locura es esta? —pensaba—. ¿Locura? Sí, porque hace una hora me he entregado como una miserable cortesana, a un hombre a quien no conozco. Después seguía con mirada vaga la aguja del reloj, angustiada, como condenado que ve aproximarse la hora de su suplicio. De repente, el reloj daba la hora. —¡Hace tres horas —decía estremeciéndose con sobresalto— estaba con él, y estoy deshonrada! Pasó toda la noche en esta agitación febril. Al amanecer abrió la ventana, y el aire fresco y vivo de la mañana le produjo cierto alivio. Inclinándose sobre la balaustrada de la ventana que caía sobre el jardín, respiraba el aire frío con una especie de voluptuosidad. El desorden de sus ideas disipose poco a poco. A las vagas torturas, al delirio que la agitaban, sucedió una desesperación intensa que relativamente resultaba un reposo. Era preciso tomar una decisión. Dedicose entonces a buscar lo que debía hacer. No se detuvo un momento en la idea de volver a ser de Darcy. Esto le parecía imposible; se hubiera muerto de vergüenza al verle delante. Debía abandonar París, donde, dentro de dos días, todo el mundo la señalaría con el dedo. Su madre estaba en Niza; iría a juntarse con ella; le confesaría todo, y después de haberse desahogado en su seno, solo le restaba una cosa: buscar algún lugar desierto en Italia, desconocido de los viajeros, donde iría a vivir sola y a morir en seguida. Una vez tomada esta resolución, sintiose más tranquila. Sentose delante de una mesita frente a la ventana, y con la cabeza entre las manos, lloró, pero esta vez sin amargura. La fatiga y el abatimiento vencieron al fin, y se durmió, o más bien, dejó de pensar durante una hora próximamente. Despertose con escalofríos de fiebre. El tiempo había variado, el cielo estaba gris, y una lluvia fina y glacial anunciaba frío y humedad para el resto del día. Julia llamó con la campanilla a su doncella. —Mi madre está enferma —le dijo—; tengo que salir inmediatamente para Niza. Arregle usted una maleta; quiero salir dentro de una hora. —Pero señora, ¿qué tiene usted? ¿No está usted mala? ¡La señora no se ha acostado! —exclamó la doncella, sorprendida y alarmada por el cambio que observó en el rostro de su ama. —Quiero partir —dijo Julia con tono impaciente—; es absolutamente preciso que salga. Prepáreme usted una maleta. En nuestra civilización moderna no basta un simple acto de voluntad para ir de un sitio a otro. Hay que hacer paquetes, llevar cajas, ocuparse de cien preparativos enojosos, que bastarían para quitar las ganas de viajar. Pero la impaciencia de Julia abrevió mucho todos estos engorros necesarios. Iba y venía de cuarto en cuarto, ayudaba ella misma a arreglar las maletas, amontonando sin orden gorros y vestidos acostumbrados a que se les tratase con más miramiento. Pero su agitación contribuía más bien a retardar la labor de los criados, que a acelerarla. —¿La señora ha avisado sin duda al señor? —preguntó tímidamente la doncella. Julia, sin responderle, cogió papel y escribió: «Mi madre está enferma en Niza. Voy a su lado». Plegó el papel en cuatro dobleces, pero no pudo resolverse a ponerle una dirección. En medio de los preparativos de partida un criado entró: —El señor de Châteaufort pregunta si la señora está visible; hay también otro señor que ha venido al mismo tiempo, al cual no conozco; pero ha dado esta tarjeta. Ella leyó: «E. DARCY, secretario de Embajada». Apenas pudo contener un grito. —¡No estoy para nadie! —exclamó—; diga usted que estoy enferma. No diga que voy a salir. No podía explicarse cómo Châteaufort y Darcy venían a verla al mismo tiempo, y, en su turbación, no dudó un momento que Darcy hubiese elegido a Châteaufort como confidente. Nada más sencillo, sin embargo, que su simultánea presencia. Llevados por el mismo motivo, habíanse encontrado en la puerta, y después de cambiar un saludo muy frío, se habían encomendado recíprocamente al diablo de todo corazón. A la respuesta del criado, bajaron juntos la escalera, se saludaron de nuevo aun más fríamente y se alejaron en dirección opuesta. Châteaufort había advertido la atención particular mostrada a Darcy por la señora de Chaverny, y desde aquel momento había sentido odio hacia él. Por un lado, Darcy, que se picaba de ser fisonomista, no había podido observar el aire confuso y contrariado de Châteaufort sin deducir que amaba a Julia; y como, en calidad de diplomático, era inclinado a suponer el mal «a priori», dedujo muy ligeramente que Julia no era cruel para Châteaufort. —Esta extraña coqueta —se decía a sí mismo saliendo— no habrá querido recibirnos juntos temiendo una explicación como la del «Misántropo»... Pero he cometido la tontería de no encontrar algún pretexto para quedarme y dejar que se marchase ese joven fatuo. Seguramente si solo hubiese esperado a que volviese la espalda, me hubiera recibido, pues tengo sobre él la incontestable ventaja de la novedad. Al mismo tiempo que se hacía estas reflexiones se había parado, y, volviéndose, entró de nuevo en el hotel de la señora de Chaverny. Châteaufort, que se había vuelto también varias veces para observarlo, retrocedió y se puso a pasearse a cierta distancia para vigilarlo. Darcy dijo al criado, sorprendido de verle de nuevo, que se había olvidado de darle un recado para su ama, que se trataba de un asunto urgente, de un encargo que le había hecho una dama para la señora de Chaverny. Acordándose que Julia comprendía el inglés, escribió con lápiz en su carta: «Begs leave to ask when he can show to madame de Chaverny his turkish album».[1] Entregó su tarjeta al criado y dijo que esperaría la respuesta. [1] Ruega a la señora de Chaverny le indique cuándo podrá presentarle su álbum turco. Esta respuesta tardó mucho tiempo. Por fin volvió el criado lleno de turbación. —La señora —dijo— se ha sentido muy mal hace un momento y se encuentra demasiado enferma para poder responderle. Todo esto había durado un cuarto de hora. Darcy no creía en el desmayo, pero estaba claro que no quería verle. Tomó la cosa filosóficamente, y recordando que debía hacer algunas visitas en el barrio, salió sin apesadumbrarse del contratiempo. Châteaufort le esperaba con una ansiedad furiosa. Al verle pasar no dudó que fuese su rival afortunado y se prometió coger la primera ocasión por los cabellos para vengarse de la infiel y de su cómplice. El comandante Perrin, con quien se encontró muy a tiempo, recibió sus confidencias y le consoló lo mejor que pudo, no sin mostrarle lo poco justificado de sus sospechas. XV Julia se había desmayado verdaderamente al recibir la segunda tarjeta de Darcy. A su desvanecimiento siguió un vómito de sangre que la debilitó mucho. Su doncella había mandado buscar al médico; pero Julia se negó obstinadamente a verle. Hacia las cuatro habían llegado los caballos de posta, las maletas se hallaban atadas; todo estaba dispuesto para la partida. Julia montó en el coche, con una tos espantosa y en un estado que daba lástima. Durante la tarde y toda la noche no habló más que al ayuda de cámara sentado en el pescante, y eso solo para que dijese a los postillones que se apresurasen. Continuaba tosiendo y parecía sufrir mucho del pecho; estaba tan débil, que se desmayó cuando abrieron la portezuela. La llevaron a una mala fonda y la acostaron. Un médico de pueblo fue llamado; la encontró con una fiebre violenta y le prohibió que continuase el viaje. Pero ella quería a cada momento partir. Por la noche sobrevino el delirio y todos los síntomas aumentaron de gravedad. Hablaba sin parar, y con una volubilidad tan grande, que era muy difícil comprenderla. En sus frases incoherentes se presentaban a menudo los nombres de Darcy y de Châteaufort y de la señora Lambert. La doncella escribió al señor de Chaverny, para comunicarle la enfermedad de su mujer; pero se hallaban a cerca de treinta leguas de París. Chaverny cazaba en las posesiones del duque de H***, y la enfermedad hacía tales progresos que difícilmente podría llegar a tiempo. El ayuda de cámara había ido a caballo a la ciudad vecina y traído un médico. Este desaprobó el plan de su colega, y declaró que se le había llamado muy tarde y que la enfermedad era grave. El delirio cesó al amanecer; Julia se durmió entonces profundamente. Cuando se despertó, dos o tres horas después, pareció que le costaba trabajo recordar por qué serie de accidentes se hallaba acostada en un mal cuarto de fonda. Pero pronto recobró la memoria. Dijo que se sentía mejor, y hasta habló de marchar al día siguiente. Y después de haber meditado, al parecer, largo tiempo, con la mano puesta sobre la frente, pidió papel y tinta y quiso escribir. Su doncella le vio comenzar varias cartas que rompía después de escritas las primeras palabras. Al mismo tiempo encargaba que se quemaran los pedazos de papel. La doncella notó en varios trozos esta palabra: «Señor», cosa que le pareció extraordinaria, pues ella creía que la señora estaba escribiendo a su madre o a su marido. En otro fragmento leyó: «Usted debe de sentir por mí un gran desprecio...». Durante cerca de media hora intentó inútilmente escribir esta carta, que parecía preocuparle vivamente. Por fin, el agotamiento de sus fuerzas no le permitió continuar; apartó lejos de sí el pupitre que habían colocado en el lecho, y dijo con aire extraviado a su doncella: —Escriba usted misma al señor Darcy. —¿Qué tengo que escribirle, señora? —preguntó la doncella creyendo que el delirio iba a comenzar de nuevo. —Escríbale que no me conoce..., que no lo conozco... Y volvió a caer anonadada en el lecho. Fueron las últimas palabras seguidas que pronunció. De nuevo cayó en el delirio para no salir más de él. Murió al otro día, sin grandes sufrimientos aparentes. XVI Chaverny llegó tres días después de su entierro. Su dolor pareció sincero, y todos los habitantes de la aldea lloraron al verle de pie en el cementerio contemplando la tierra recién removida que cubría el féretro de su mujer. Primero quiso exhumar el cadáver para llevárselo a París; pero como el alcalde se oponía y el notario le hablaba de formalidades interminables, se contentó con encargar un bloque de piedra caliza y dar órdenes para la erección de una tumba sencilla, pero decorosa. Châteaufort sintió vivamente esta muerte tan repentina. Declinó varias invitaciones a bailes, y durante algún tiempo no se le vio más que vestido de negro. XVII En sociedad se hicieron varios relatos de la muerte de la señora de Chaverny. Según unos, había tenido un sueño o, si se quiere, un presentimiento que le anunciaba que su madre estaba enferma. La impresión fue tan fuerte que en seguida se había puesto en camino para Niza, a pesar de un violento catarro cogido al volver de casa de la señora de Lambert, y este catarro se había convertido en una pulmonía. Otros, más clarividentes, aseguraban con aire misterioso que la señora de Chaverny, no pudiendo disimular el amor que sentía por el señor de Châteaufort, había acudido al lado de su madre, buscando fuerza para resistir a esta pasión. El catarro y la pulmonía eran resultado de la precipitación de su viaje. En este punto todos estaban de acuerdo. Darcy no hablaba jamás de ella. Tres o cuatro meses después de su muerte, hizo una boda ventajosa. Cuando anunció su matrimonio a la señora Lambert, ella le dijo felicitándole: —Verdaderamente, su mujer es encantadora; solo la pobre Julia pudiera haberle convenido tanto. Darcy sonrió con aquella sonrisa irónica en él habitual, pero no respondió nada. Estos dos corazones, que no se conocieron, estaban acaso hechos el uno para el otro. *** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK 78521 ***